Una escena vestida de domingo  

por Dania del Pino Más

Estudiante de Teatrología del Instituto Superior de Arte (ISA) de La Habana.

(colaboración especial para esta Web)

 

La idea de llevar a cabo una investigación sobre la poética de Ariel Bouza como director del grupo de teatro Pálpito, parecía para mí algo totalmente imposible, si tenemos en cuenta mi falta de conocimiento acerca del grupo. Primero vestirme Con ropa de domingo para volver a sentirme como una niña y luego ahogarme de la risa en un Puerto de coral, sacó todas las dudas de mi cabeza y me convenció de iniciar mi investigación.

 

Recuerdo lo seducida que había quedado ante las escenografías de los espectáculos del grupo, que me obligaban a permanecer todo el tiempo atenta para no dejar escapar ningún detalle, en espera de qué colores aparecerían o qué nuevo significado tomarían los objetos en escena. Por eso, aquí analizo el funcionamiento de la escenografía dentro de la puesta en escena, en función de la recepción, en el espectáculo Con ropa de domingo, de Maikel Chávez.

 

Pálpito y sus primeros pasos       

El grupo Pálpito fue fundado en el año 1993 por Ariel Bouza, quien no solo ocupa la dirección de este, sino también trabaja como actor y a veces hasta como diseñador. Desde el estreno de Pinocho, obra con la que debutó el colectivo teatral, Bouza se ha dado a la tarea no solo de mantenerse activo en la escena cubana, sino también de construir la poética de su propio teatro. Así, con pequeños y acertados pasos, después de cinco fecundos años, Pálpito “se reafirma hoy como uno de nuestros buenos colectivos teatrales..."[1]

 

El currículo de Pálpito incluye dramaturgos y obras de toda clase, desde clásicos como Pinocho, o Las tres hermanas de Chéjov, hasta nuevas producciones nacionales como la obra que analizamos hoy, Con ropa de domingo, de Maikel Chávez. Lo que nunca falta es la atmósfera de fantasía mezclada con un tono de realidad que hacen a los espectáculos del grupo más perfectos y verosímiles.

 

Hoy fijamos nuestra mirada en uno de los espectáculos más premiados de la historia de Pálpito: Con ropa de domingo. El Jurado Central del Festival de Guanabacoa le otorga el Premio de Actuación Masculina y Premio a Texto. Obtiene el Premio otorgado por el Centro Provincial de Cultura Comunitaria de Villa Clara en Pequeño Formato Santa Clara 2003 y Premio de Actuación Masculina en este mismo festival y en el 8vo Festival de Pequeño Formato Espacio Vital 2003. Gana además el Premio Caricato 2003 a Actuación Masculina, el Premio Villanueva de la Crítica Teatral y Premio de Dramaturgia y de Actuación Masculina en Camagüey, 2003.

 

Texto

Basada en el cuento muchas veces teatralizado, de Onelio Jorge Cardoso, El Cangrejo Volador, Maikel Chávez desarrolla paralelamente a esta fábula, la historia de Güirito.  Un muchacho que se ha pasado la vida soñando con las “flores y pájaros”[2] que ha dibujado la madre en su mente, decide ir a la capital a hacerse titiritero o “titiritista”[3], da igual. En espera del tren, se sumerge junto a su madre en un juego teatral en el que los interrumpe el papá. Luego de obtener la aceptación de los padres, el joven se marcha diciendo adiós entre sollozos que lo harán realizar su sueño.

 

Más allá de la belleza y el lirismo que nos brinda el texto de Chávez, se trata de una obra sin dudas, pensada para el teatro. Aquí se hace evidente la idea de que el completamiento de un texto escrito es precisamente la escena, que uno no se puede concebir sin el otro.  Veamos que la acción se desarrolla en una estación, mientras los personajes esperan el tren y la guarandinga. En un espacio supuestamente desolado, el autor hace surgir de la maleta del protagonista el centro de la obra: el cuento de Cardoso, la escenografía y los títeres para recrearlo. No se necesita de un escenario decorado con anticipación, sino que inesperadamente aparecen los personajes y comienzan a contarnos una historia, valiéndose de lo esencial para ello.

 

Se pudiera recordar a Peter Brook cuando decía:

“Puedo tomar cualquier espacio vacío y denominarlo escenario. Cualquier hombre  se mueve dentro de un espacio vacío mientras que otro lo observa y esto es suficiente para que se logre un acto teatral.”[4] Así mismo Güirito y su madre se convierten en dos actores observados por todo el que llega a la estación en la que esperan el tren.

 

La paloma ha convencido al cangrejo para hacer su casa en un árbol. Este, por sobrarle voluntad, va en contra de toda norma, ilusionado con llegar a las estrellas; desafía al abuelo y su especie y va a vivir a lo alto de la planta. Luego de varios días, el crustáceo disfruta de dos grandes alas que le permitirán cumplir su sueño. Este es el cuento que nos regalan madre e hijo. Dos líneas argumentales se entrelazan entre sí para mostrarnos a Güirito en ese cangrejo que quiere volar; a la madre que llena de flores la cabeza de su pequeño, en la paloma; y al padre, en el abuelo que se niega a la voluntad del nieto.

 

El texto no necesita de muchas acotaciones para describir la escenografía ni otros detalles. El escenario se arma de la necesidad de Güirito de contar el cuento. Los títeres forman parte de la representación y a la misma vez de la historia del niño, de sus deseos y aspiraciones. El autor solo advierte el juego del teatro dentro del teatro, la transición entre un personaje y otro, el cambio de Güirito a titiritero y de Güirito a cangrejo volador. La trama acota por sí misma, juega consigo misma y crea una metáfora de sí misma.

 

Veamos entonces qué es capaz de hacer Ariel Bouza con este texto tan bien estructurado, que no necesita de divisiones en actos ni escenas porque es una historia cerrada y sencilla, donde la entrada de los títeres anuncia la transición de un argumento al otro.

 

Para diseñar un espectáculo

No es ninguna novedad decir que dentro de un espectáculo se acostumbra a dar poca atención al diseño. Sin embargo, el teatro descansa sobre dos principios fundamentales: la relación entre el actor y el espectador y la armonía y coherencia de todos los elementos sobre el escenario. Se necesita por tanto de una escena en la que la iluminación, la escenografía, el vestuario, el maquillaje y los títeres, en este caso, estén en consonancia con las actuaciones y el texto interpretado. Para eso se hace imprescindible la existencia de un diseñador teatral capaz de poner en armonía todos los componentes.

 

“El diseñador es el encargado de la creación, selección y organización total de los componentes de la escena, los cuales, en estrecha relación con las otras partes integrantes de la puesta, solucionan los aspectos concernientes a la óptima capacidad de comunicación con el espectador”[5], de manera que dramática, estética y funcionalmente digan algo al público. Deben ser sugestivos, transmitir una impresión determinada. Una mala utilización de estos elementos puede ser capaz de alterar el sentido de la frase de un actor, o ironizarla si el ambiente no corresponde a lo que él dice.

 

 Cada elemento colocado en las tablas debe poseer una función determinada y lo que no la tenga debe salir del escenario. Además, aunque la escena sea la imitación de un lugar o un tiempo, debe contener algo renovador. Veamos entonces si la escena de Con ropa de domingo responde a estos principios.

 

Escenografía

Para algunos el escenario es algo así como un terreno de pelota en el que los actores son sus jugadores, los únicos capaces de completarlo. De esta manera, el espacio en el teatro está dado por las posiciones que toman ellos unos respecto a los otros. En el caso de Con ropa de domingo, los peloteros llegan con el terreno desmantelado y ellos mismos lo preparan para iniciar el partido, se hacen parte de él y luego vuelven a desmontarlo todo.

 

Desde el público los personajes anuncian su entrada. Suben al escenario y descansan sentados sobre una maleta que deviene escenografía, retablo, que trae consigo una historia que contarnos. Se levanta un escenario surgido del equipaje, en el que cada objeto tiene una función específica y necesaria dentro de la puesta.

 

Para contar la fábula el director ha tomado lo imprescindible: la maleta cubierta con una sobrecama, forma el retablo; una armadura de hierro y una sombrilla, el árbol donde el cangrejo construye su nido. No se necesita de más armazón. Una escenografía sencilla para una fábula sencilla, constituyen un espectáculo perfecto para los jóvenes espectadores.

 

A pesar de que el retablo esté construido solo por una maleta, es utilizado en tres niveles distintos. Inicialmente el cangrejo construye su casa en la tierra y la maleta permanece cubierta por el mantel, casi a la misma altura del escenario. Luego se abre y se coloca perpendicularmente haciendo más alto el lugar de la acción y una vez que el cangrejo comienza a construir su nido, crece nuevamente el retablo con la armadura y la sombrilla que se convierte en la copa del árbol. Esta es la solución que Bouza da para explotar al máximo las posibilidades escénicas de los elementos. Esto contribuye a que el espectáculo  no caiga en una monotonía y a medida que crece la fábula, crece también la escenografía.

 

Los colores son agradables a la vista del espectador. Una sobrecama a retazos verdes permanece durante toda la obra llenándonos de esperanza. Una esperanza que se convierte en uno de los temas más trabajados en la puesta y que se encargará de que no perdamos la fe en el cangrejo ni en Güirito, la misma que ellos han tenido siempre. La suavidad del color de esta tela nos permite concentrarnos en los títeres sin distraernos. Su efectividad radica en no robar nuestra atención, en cumplir estrictamente su función de esperanzado retablo y no llevar al receptor por caminos equivocados.

 

Las franjas verdes y rojas de una sombrilla, dibujan la copa del árbol en el que  quiere vivir el cangrejo: las hojas y las frutas, las esperanzas y las alegrías que encontrará nuestro personaje.

 

La tautología del color verde es una constante dentro de la puesta. A ese afán se une también el pañuelo de la madre y la camisa de Candelario, el padre de Güirito. Esta característica es muy útil  dentro de la puesta si recordamos que se trata de un público infantil, pues el niño, en su condición de receptor, necesita de varios significantes para llegar a un significado.

 

Recordemos que una de las características del teatro de títeres es la utilización del símbolo. Seguramente para un espectador adulto, la presencia del verde es algo que siempre lo remite a pensar en la esperanza, debido a una asociación que ha hecho durante años. Sin embargo, es precisamente ahora cuando los niños comienzan a crear sus propios referentes, los que les permitirán luego hacer este tipo de relación y concretización. Me parece bien entonces que Ariel Bouza se haga parte de ese proceso, de esa formación, que regale símbolos que inconcientemente, irán trabajando sobre la mente del pequeño y que tal vez no descubra de qué se trata concientemente, pero la producción de sentidos que estimulan estos colores, guían al chico por el camino correcto.

 

Además: “Lo simbólico en el arte titiritero concilia el principio de lo imaginado con el principio de lo real”[6] Y esta es una de las características del arte titiritero que Bouza ha asimilado más. En sus obras la realidad dialoga con la fantasía en la voz de actores y títeres que se comunican sin problemas. Es una manera también de confirmar su poética y su teatro.

 

La combinación de colores es otro de los rasgos que encontramos en la puesta. El verde y el rojo se presentan como hermanos en más de una ocasión. La sombrilla, el pañuelo, el marpacífico y el bolso de la madre, la sobrecama y las alas de la paloma crean toda una armonía en escena, que enaltecerán la visualidad del espectáculo. Es una forma también de producir sentidos buscando belleza y equilibrio en la composición.

 

Para referir la relación de paralelismo entre los títeres del cuento y los personajes de la fábula, ha sido utilizado el color, la textura y la repetición de elementos de utilería. Veamos que la paloma torcaza y la madre, lucen un pañuelo verde en la cabeza, el cangrejo volador lleva el mismo sombrero que Güirito, como sucede también con el abuelo del cangrejito y el padre del protagonista. Aunque en el último caso la característica en común más marcada es el bigote de estos dos personajes, ese es realmente el rasgo exclusivo en ellos. Si estos elementos no hubieran sido utilizados, tal vez el pequeño pensara que se tratase de un cuento cualquiera contado por un niño cualquiera. Son esos minúsculos detalles los que hacen posible inferir al espectador que existe una relación más profunda entre estos dos extremos. Es una tarea que sin duda corresponde al director y no al proceso de recepción del público, pues para este todo tiene que estar muy claro y preciso en la puesta.

 

Refirámonos ahora a otro aspecto del color. Recordemos que los personajes de la fábula hacen referencia constantemente a la “finca Zapatero”[7], lugar donde nació Güirito y de donde vienen ahora para que él coja la guarandinga hasta La Habana. Con solo escuchar el nombre, podemos sentir el olor y color de la tierra colorada. Este lugar aludido en la obra tiene que ser reflejado de alguna manera, pues es de vital importancia en la historia. Para lograr remitirnos de alguna manera hasta él, Bouza utiliza en la escena colores como el carmelita, que establecen un contraste con los vivos colores que mencionamos anteriormente. De carmelita viste el protagonista. Carmelita es el pantalón del padre en juego con su camisa de cuello y bolsillos verde olivos. Así, el director logra darnos señas de un lugar al que no podemos llegar explícitamente, pero sí a partir de significantes como estos. Con ellos y la ayuda del texto, hemos creado una finca particular a partir de nuestros referentes.

 

Llega el desenlace del cuento y el cangrejo sale volando con dos grandes alas amarillas, que “encendidas como las plumas del tocororo le salen de los costados”[8]. Aparece un color que prácticamente no ha sido trabajado, que hace combinación con el caparazón del cangrejo y que posiblemente representará su victoria final, el pago a su voluntad, las alas que lo llevarán a las estrellas. Alas que se convierten en el sol de todos sus días.

 

Podemos referir que la escenografía de la puesta es en cierto sentido abierta, pues los personajes van y vienen por el público. Sin embargo, mientras se desarrolla toda la trama, mantienen una escena cerrada que no transgreden en ningún momento. La causa es muy sencilla: los personajes de la obra están en este lugar momentáneamente, llegan a esperar el tren y luego se marchan. Es la idea de continuidad que propone el texto, la transitoriedad de la situación, su fugacidad. Además, es otra manera de representar la historia: Güirito va a entrar pero no va a salir, él sale esta vez por otro público que lo está esperando para escuchar el cuento de El cangrejo volador.

 

La puesta trabaja con un decorado de isla: “Pocos elementos principales que permiten al actor moverse alrededor de ellos con entera libertad para bloquearlos, ocultarse o rodearlos.”[9] Esto ayuda también a dar la transitoriedad y a reafirmar  que la escenografía surge del desarrollo de la fábula. Allí los actores disponen de todo el espacio necesario para la manipulación.

 

La obra cuenta además con una utilería de acción, en la que los elementos no solo tienen una función decorativa, sino que en alguna medida son utilizados por la acción. Es una mezcla de simplicidad y belleza que funciona certeramente en la puesta, que dialoga con el texto y lo refleja.

 

Más allá de tener un carácter técnico funcional y decorativo, el carácter de la escena responde a la psicología de los personajes. Los vestuarios reflejan sus gustos y hábitos. Se utiliza la simbología del color en correspondencia con dichos caracteres y unen a los personajes de las dos fábulas. Tal es el caso de la madre y la paloma, de Güirito y el cangrejo, el padre y el abuelo.

 

Títeres

El títere de mano es, sin dudas, el títere más usado en Cuba y Pálpito no escapa de esta generalidad. Este tipo de muñecos es utilizado por los actores dentro de la obra en cuestión. El diseño de ellos puede engrandecer la manipulación del personaje. Este es el caso de la marioneta que representa al cangrejo volador. Dos ojos saltones perfeccionan la expresión de este, logrando en él una mayor cantidad de matices. A esto se suma la excelente manipulación de Maikel Chávez, el que ayudado por un variado registro sonoro, logra una asombrosa interpretación. La movilidad que le otorga al títere, la precisión en su trabajo y la gran diferencia que logra marcar entre los dos personajes, nos permiten afirmar que Chávez no deja de sorprendernos, se ha ganado un espacio especial dentro del teatro cubano que ya nadie puede cuestionar.

 

La paloma torcaza es otro tipo de títere de mano. El diseño de este permite la movilidad de las alas en un constante vuelo. Xiomara Palacio es la encargada de dar vida a la marioneta. La talentosa actriz hace algunos cambios en la voz; sin embargo, su maestría y destreza para animar muñecos es lo que la hace elevarse ante los ojos del público. Es sin dudas una magnífica interpretación, y si Chávez se abre un espacio, ella logra asegura que no le quiten el que se ha sabido ganar entre la crítica y el público.

 

El cangrejo abuelo es mucho más sencillo. Lo que más impresiona en este caso, es la ilusión que logran crear estos dos actores en escena. Mientras Maikel Chávez pronuncia cada parlamento, la articulación de Palacio nos hace creer en algo extraordinario, en un registro vocal casi asombroso en una mujer. Vale destacar que ambos logran una coherencia y una relación que los une y los convierte en un único actor interpretando el personaje.

 

Ariel Bouza asume una tarea más sencilla, que por eso no significa que deje de ser importante, pero sí escapa de la manipulación de títeres. Bouza no tiene más retos que el de Candelario, el padre de Güirito. Hace una maravillosa caracterización de su personaje y le confiere elementos de comicidad que van a ser los que más lo acercarán al público. Sin dudas, con su presencia la situación climática llegará a su escalón más alto y descenderá luego hasta un desenlace final. Bouza mezcla un tono de voz asociado muchas veces al clásico guajiro, con movimientos montunos y expresiones exclusivas de ese ambiente. De esta manera logra la combinación perfecta para su interpretación, que resulta exitosa y nos muestra una acertada caracterización de su personaje.

 

Los tres construyen un triángulo perfecto. Consiguen hacernos reír infinitamente hasta que aparece el tren y Güirito tiene que partir. Entre el humo, efecto con el que Bouza consigue crear un tercer espacio en la puesta, el protagonista estalla en una mezcla de tristeza, añoranza y nostalgia que constituirá el momento más activo para el receptor. Frases de despedidas se repiten una y otra vez para que el público haga las reflexiones más importantes; para que imagine las consecuencias de los sacrificios, de las que nunca podemos escapar; para que se aliente con la idea de la realización del sueño de Güirito y para que piense en sus propias alas. Tal vez, si el director hubiera prescindido de este momento, la obra no causara el efecto que consigue crear en el espectador. Gracias démosle entonces por ese instante imprescindible que eleva la puesta a planos mayores.

 

Iluminación

La iluminación funciona generalmente para separar una fábula de otra y destacar la presencia de los títeres. Cuando estos aparecen, un cenital reduce el espacio actoral al retablo. Una vez que termina la representación, vuelve a abrirse el espacio y regresamos al argumento inicial. Este fue el método utilizado por Bouza para separar una historia de otra. Hay que decir que  funciona efectivamente y resalta a su vez las figuras titiriteras que nos permiten captar hasta el último detalle.

 

Señalemos además que las luces que predominan son las verdes y amarillas. Se suman así al trabajo tautológico del que hablábamos. Los títeres son también la esperanza de Güirito, el reflejo de ella. Por eso van a ser estos momentos los más verdes, o los más amarillos, porque son un rallito del sol que quiere conquistar Güirito.  

 

Vestuario

El vestuario de los personajes tiene también un carácter psicológico. Veamos que Güirito y el padre visten camisa y pantalón y en la cabeza el sombrero de guano. La madre luce una blusa  blanca de vuelos,   una saya negra y lleva pañuelo verde en la cabeza. Como podemos ver los personajes visten con ropa de domingo. Y precisamente este domingo será una de las causas o justificaciones para contar la fábula.

 

Veamos además que aunque sea ropa de domingo, hay elementos, como el sombrero de Güirito y el padre, el pañuelo y la flor de la madre y el machete de Candelario, que nos dicen que se trata de tres guajiros esperando el tren. El vestuario es parte de la construcción del personaje, parte de su psicología,  que va a ayudar a los actores a lograr una buena interpretación.

 

Sin dudas, el vestuario está puesto en función de los otros elementos de la escena. Los colores carmelitas de los pantalones de Güirito y su padre, unidos a la escenografía, ayudan a aludir la finca de la familia y contrasta con el mundo fantástico de los títeres. Es una expresión de la mezcla realidad - fantasía que va a permanecer durante toda la puesta.

 

Para reír todos los domingos

No cabe duda de que el diseño teatral en esta obra es fundamental. Cada elemento está en función de una mejor recepción del público. El trabajo con el símbolo, la combinación de colores, el contraste y la repetición de significantes, son algunas de las características del teatro de Ariel Bouza. La tarea que le queda al espectador es mucho más concreta y personal.  Cada cual dará la interpretación que desee y hará la contextualización de acuerdo con sus características y referentes.

 

Junto a la música guajira del espectáculo, muchas veces puesta en la voz de los personajes, las excelentes actuaciones de estos actores y la dirección de Bouza, el diseño teatral de Con ropa de domingo completa la calidad del espectáculo. Sus elementos son parte de una fábula; sin ellos la puesta quedaría incompleta.

 

Sin dudas, los pequeños han captado el mensaje. Ahora se marchan del teatro pensando en aquello que más desean, construyendo un plan para hacer realidad sus sueños, imaginando cómo sería volar y llegar a las estrellas. Están seguros de que volverán a visitar a Pálpito en próximos espectáculos, posiblemente se han convertido desde hoy en parte del público de Bouza. Avisarán a otros pequeños de la grandeza del espectáculo y se cumplirá entonces el objetivo de este director teatral, que luego de quince años, continúa con los mismos deseos de hacer felices  a los niños, mientras les construye alas para que dejen volar su imaginación.  

 

Bibliografía

Artis Gener, A., “La escenografía en el teatro y en el cine”, Editorial Centauro, S.A., México, 1947.

Brecht, Bertolt, “Pequeño organón para el teatro”, Editorial Nueva Visión, Buenos Aires, 1976.

Cano, Osvaldo, “Con ropa de lujo”, Juventud Rebelde.

Chávez, Maikel, “Con ropa de domingo”,  Tablas 3/03, Libreto 63.

Espinosa, Norge, “Con el abrazo de Pelusín”, Tablas 2/98.

Fernández, Diana y Derubín, Jacomé, “Metodología para la crítica del diseño teatral” Editorial Pueblo y Educación, Ciudad de la Habana, 1989.

Morales, Armando, “El diseño de títeres. Trasgresión del símbolo”, Tablas 2/98.

Pavis, Patrice, “Diccionario del teatro”, Ediciones Paidós, Buenos Aires, 1998.

Roran, Ristic, “Diseño teatral”, Tablas, 3-4/1999.

Suárez Durán, Esther, “Un camarón de continuo encantado”, Tablas 2/98.  


 


[1] Osvaldo Cano, “Con ropa de lujo”, Juventud Rebelde.

[2] Maikel Chávez, “Con ropa de domingo”. En Revista Tablas, 3/03, Libreto 63, p.42.

[3] Idem.

[4] Peter Brook, “El espacio vacío”, en Ristic Roran, Diseño teatral, Revista Tablas, 3-4/1999. 3pp.

[5] Diana Fernández y Jacomé Derubín, “Metodología para la crítica del diseño teatral” Editorial Pueblo y Educación, Ciudad de la Habana, 1989

[6] Armando Morales, El diseño de títeres. Trasgresión del símbolo”. En Revista Tablas 2/98, 3pp.

[7] Maikel Chávez, Con ropa de domingo .En Revista Tablas 3/03, Libreto 63, p.46

[8] Ídem. p. 51.

[9] Diana Fernández y Jacomé Derubín, “Metodología para la crítica del diseño teatral” Editorial Pueblo y Educación, Ciudad de la Habana, 1989

 


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