El de la mancha no va al paraíso 

texto original de José Milián

 

  PEQUEÑO TEATRO DE LA HABANA 

reinicio de la temporada en el Café Brecht

desde el viernes 7 de enero de 2011

 

 ESTRENO ABSOLUTO: SÁBADO 16 DE OCTUBRE DE 2010

 CAFÉ TEATRO DEL CENTRO BRECHT - 8:30 PM

 FUNCIONES DE VIERNES A DOMINGO HASTA FINALES DE NOVIEMBRE

 

-ELENCO-

 ÁNGEL RAMÍREZ LAHERA, ALEJANDRO RODRÍGUEZ y  ALEX BOUÉ

 

diseño de vestuario: Carlos Repilado

diseño de luces: Marvin Yaquis

banda sonora: Angel Ramíres, Fernando Yip y José Milián

diseño de elementos de utilería: José Milián

asesoría musical: Deborah Pino
asesoría en expresión corporal: Zoa Fernández

asistente de dirección: Fernando Yip

 Dirección Artística y General: José Milián

-fotos: cortesía de la agrupación-

 

  ¿QUIEN QUIERE, EN VERDAD, SUBIR AL PARAÍSO?   (notas al programa de manos, por Norge Espinosa Mendoza)

Irreverente y fiel a sí mismo como pocos en el teatro cubano, José Milián anuncia sus estrenos con el gusto de saber que promueve siempre una provocación. Desde los días de Vade retro hasta estas horas del 2010, cuando ya atesora el Premio Nacional de Teatro que tantos enemigos hubieran querido no se le concediera nunca, lleva con orgullo esas memorias y otros honores, que han debido caer en sus manos no solo porque el talento no se detiene ante ciertas barreras, sino porque el teatro, como él bien sabe, es un oficio en el que cada mañana, cada encuentro, cada ensayo, nos hace recomenzarlo todo, restañando heridas que quizás esos mismos enemigos no puedan curarse jamás.

Si en 1998 nos regaló una de las escasas páginas de nuestra dramaturgia levantada a golpes de confesionalidad, ahora vuelve por esos mismos fueros rescatando para la escena otro pasaje de su propia vida. Los que aplaudimos Si vas a comer, espera por Virgilio, podemos leer y aplaudir ahora El de la Mancha no va al Paraíso como un deslumbrante ejercicio de diálogo, humor, y provocaciones no solo teatrales. Tres imágenes que nos recuerdan al Quijote, Sancho Panza y Dulcinea son máscaras que Milián manipula con la misma libertad con la cual desató sobre nuestros escenarios a la Coreana, a los seres esperpénticos de una desaforada Toma de La Habana, una tremebunda Reina de Bachiche y muchos otros fantasmas. Lee a Cervantes no para copiarlo o rendirle un manso tributo, sino para reescribir desde nuestro tiempo los miedos, los recelos, los gozos y peligros que debieran echar a la calle a muchos caballeros andantes, necesitados como están estos días de nuevos desfazedores de entuertos. Tal y como releyó a Shakespeare, a Brecht, ahora se sirve de un nombre sacralizado para desacralizarlo todo. Así lo ha hecho desde sus primeros tiempos, y ha pagado no pocos platos rotos por tal atrevimiento.

Entre esos platos rotos, no pocos hubo durante la década del 70, cuando la parametración vino a cerrar de golpe lo que para la cultura nacional parecían ser muchas sendas abiertas, bajo excusas de una moralidad castrante y poco cercana a verdaderos criterios estéticos. De ese período brumoso en el cual tantos artistas de talento se vieron excluido y borrados, se ha hablado mucho, se ha mitificado no poco. Y de esa oleada de fuego roñoso salió José Milián, cuando al fin las llamaradas se aplacaron, para volver al sitio donde siempre quiso estar: el teatro, su Teatro. Esta pieza nos revela cómo pudo sanar golpes y desmemorias, cómo se recompuso a partir del juego contaminador y agresivo de la escena, para no perder ni su piel ni sus máscaras.

Lo verdaderamente estremecedor de El de la Mancha no va al Paraíso es que el autor, lejos de representarse como víctima lastimera de aquellos desmanes, apela al desenfreno y al humor ingenioso de sus mejores obras para repasar aquellos instantes de angustia. Su Quijote, su Dulcinea, su Sancho, son rostros del mejor Milián, hermanos de esos personajes que he mencionado aquí y de tantos otros: perfectamente compatibles con su credo teatral, con esa irreverencia que no duda en mencionar temas y nombres, a fin de que la función, más que un acto de simple placer, sea siempre un exorcismo. Reírnos del horror puede ayudarnos a hacer que ciertas cosas no se repitan. Reír, para José Milián, es siempre un acto de desenmascaramiento. Y una manera de decirnos que hemos de estar alerta, porque el hombre repite con un gusto francamente irracional sus peores actos y defectos. De cuando en cuando. De vez en vez.

Los jóvenes que no supieron nada de la parametración, podrán ahora hacer sus primeras preguntas al respecto. Los que la vivieron y temieron, comprenderán ciertos códigos, y se sabrán representados. Los que la provocaron, no sé. Saludando al José Milián siempre joven y atrevido que firma esta pieza, puedo asegurar a todos con enorme tranquilidad que el Paraíso, si existe y en verdad alguien quiere llegar a verlo, no permitirá que semejantes molinos de viento traspasen sus altas, doradas y tal vez inalcanzables puertas.  


 un comentario crítico de Ada Oramas

 -salir a portada-