por Pedro de la Hoz (tomado de Granma. La Habana, 9 de octubre de 2008)
Solo a un espíritu adelantado y desprejuiciado como el
de Virgilio Piñera pudo ocurrírsele poner de cabeza uno de los mitos
sagrados de la cultura occidental en medio de una tragedia a la cubana,
con todo el desparpajo posible, pero a partir de una percepción auténtica
de la dialéctica entre lo universal y lo vernáculo.
Sesenta años atrás tuvo lugar el estreno en La Habana de Electra
Garrigó. Fue una gota de audacia en medio de una república que alguien
calificó "municipal y espesa", en la que el teatro era demasiado serio o
demasiado chato.
El autor era una rara avis de la escena cubana. Había escrito la pieza en
1941, cuando contaba con 29 años de edad, por los días en que acababa de
publicar un puñado de ejemplares de su primer poemario, Las furias,
en las exiguas pero cuidadas ediciones de Espuela de Plata, una de las
revistas animadas por José Lezama Lima.
En el plazo que medió entre la escritura y la representación, Virgilio
edita la revista Poeta, de corta vida, revoluciona la lírica convencional
con textos como Vida de Flora y La isla en peso, echa en
cara a la directiva de la Sociedad Lyceum la futilidad de celebrar el Día
del Poeta ("quien trabaja a conciencia su arte, quien estima la cultura,
no como entretenimiento elegante sino como destino dignamente recibido, no
puede aceptar tales comedias") y viaja por primera vez a Argentina, donde
traba amistad con el escritor polaco Witold Gombrowicz.
El 23 de octubre de 1948 se estrena en La Habana Electra Garrigó,
en una puesta de Francisco Morín. La crítica truena. Virgilio se
mortifica. Tiene en cartera al menos otros dos títulos: Jesús y
Falsa alarma. A esta última, con el tiempo, se le etiqueta dentro del
teatro del absurdo, aunque fue concebida antes que La soprano calva, de
Eugene Ionesco.
Sin embargo el tiempo daría razón a Virgilio: leer o asistir a una función
de Electra Garrigó es un pasaje a la modernidad más incitante, la
que en nuestro medio fue capaz de avizorar la ruta del ingenio, la
sagacidad y la agudeza en las coordenadas de la escena nacional.
Una de las mayores virtudes de la obra piñeriana radica en la concepción
de los personajes. La Electra cubana poco tiene que ver con aquella de
Sófocles, la que según Aristóteles "por generosidad y grandeza de alma
soporta grandes y numerosos infortunios". Criatura que se mueve entre la
frustración y el absurdo, se nos muestra descarnada y brutal, tanto como
ese alcoholizado Agamenón, la voraz Clitemnestra y un Egisto más cercano a
Yarini que a su par griego.
Golpe maestro de Virgilio fue engastar los coros en décimas cantadas a la
guantanamera, sin olvidar ese máximo logro en el plano simbólico que hace
aún más memorable el texto dramático: la papaya como instrumento de
dominación y muerte.
En 1961, Rine Leal, uno de nuestros más inteligentes y visionarios
críticos teatrales, resumía así los valores de la pieza: "La calidad
literaria de la pieza, su teatralidad, la imaginación con que ha recreado
el mito helénico, el sentido parodial y cómico, el choteo que se escapa de
los parlamentos, el ambiente en general de la tragedia, su
espectacularidad, y por encima de cualquier disputa, lo que ella significó
de logro para nuestra escena hace trece años. Después de todo, Electra
Garrigó está ahí y la pieza habla por sí sola".
Quizás Electra no sea la obra maestra de Virgilio. Años después Aire
frío quedaría como uno de los textos paradigmáticos de la creación
escénica insular, por no hablar de esa otra pieza ejemplar, Dos viejos
pánicos. Pero sin Electra no se puede explicar ni su teatro ni el
teatro cubano contemporáneo.