(Cubarte).- De la
disección de una familia provinciana, marcada por agudas tensiones
generacionales y sexistas, y en medio de un contexto abocado a sacudir
sus simientes, a la absoluta crisis familiar, vista a través de la
mirada de una anciana sola, que ha hecho de la memoria su reducto más
preciado, la dramaturgia de
Abelardo Estorino traza un arco de imponente solidez, a partir
de su afán pertinaz de encontrar la verdad detrás de cada acto de vida,
las "motivaciones más profundas" que sostienen cada proceso de cambio,
porque para él la vida es transformación, movimiento de ideas y reajuste
de posiciones, crecimiento y evolución perpetuos. Y el teatro,
exploración imaginal, síntesis de comportamientos y conceptos humanos
extraídos de la realidad, y vertebrados en una abstracción ficcional que
los penetra y cuestiona sus circunstancias y sus razones esenciales.
Por eso los presupuestos estructurales de sus obras se reafirman y
estallan en un procedimiento de incansable inconformidad y permanente
búsqueda de una expresión moderna, que se articule con autenticidad y
coherencia dialéctica al ritmo palpitante de las contradicciones que
está refractando en cada una de sus aproximaciones a la saga humana, al
mundo que construimos con nuestro accionar cotidiano.
A través de siete obras fundamentales de Estorino, Teatro escogido
ofrece una posibilidad nueva de relectura para quienes hemos seguido de
cerca su quehacer, concentrada en lo que el prologuista, Reinaldo
Montero, ha seguido como una singular exploración en los círculos
infernales que a su juicio acusa, desde la voluntad expresa de
dinamitarlos; y para quienes puedan conocerle a través de esta edición,
una oportunidad de descubrir los pasos de una dramaturgia de singular
consecuencia ética y estética, que yo prefiero leer como trayectoria
sinuosa y abierta de progresivo descubrimiento del mundo y de la
naturaleza humana, porque –a pesar de que el autor confiesa que escribe
a solas y encerrado-- no puedo entender al teatro de Estorino en modo
alguno como encierro, sino como un proceso de conocimiento y
autorreconocimiento enfocado hacia las tensiones que comporta la
relación de los hombres y las mujeres con su medio, sea familiar, sea la
sociedad toda, sean las angustias de un artista que, con especial
sensibilidad, revela y rechaza los efectos reductores del poder y la
autoridad.
Estorino construye tramas y caracteres que avanzan hacia el develamiento
feraz de la naturaleza de cada choque humano, un camino que no teme en
absoluto volver sobre sus pasos para rectificar el rumbo o hacer
explotar el camino andado, una mirada que sabe, a la vez, aprovechar la
experiencia y el tiempo vividos, y relativizar las certidumbres para
arriesgarse a encontrar lo nuevo, lo que está más allá de lo aparencial,
e inclusive, de engañosas evidencias.
En una ocasión en que le pedí a Estorino revisar treinta años después
una respuesta suya de los años 60, en la que calificaba como su mayor
virtud y su mayor defecto de entonces el provincianismo, me respondió
que su mérito mayor había sido lograr superar el provincianismo. Y
estaremos de acuerdo en que trascenderlo, a más que una virtud, ha sido
hurgar en lo hondo de las conductas y los valores que ellas comportan,
reposicionarlos de modo que más que para recrear un medio específico,
sirvan para examinar signos del presente, para ubicarse, sin perder el
sabor ni la sensibilidad de una época concreta ni de un espacio
inequívocamente cubano, en el aquí y ahora del lector o el espectador,
esa perspectiva imprescindible para un teatro vivo.
Así, los encontronazos entre Diego y Esteban en torno al sentido de la
ética siguen resonando igual de estremecedores en las circunstancias de
ahora mismo, aunque ya las muchachas de comportamiento sexual
desprejuiciado no tengan que padecer el juicio segregatorio de los
pequeños poderes dogmáticos; como las razones del compromiso del poeta
Milanés con su tierra, magistral lectura de la implicación del
intelectual que se enriquece y complejiza en las condiciones del debate
actual, se reafirma en tanto las ideas asumen un rol cada vez más activo
en la discusión de los principales problemas del ser humano en la
tierra.
Y si este autor ha sabido escuchar el lenguaje coloquial y rescribirlo
con una sintaxis que exprime del original su aliento más genuino pero
destierra cualquier asomo de copia fotográfica, frases hechas o
referentes chatos de alcance circunstancial, también ha hecho de la
evocación un recurso creativo de subyugante riqueza y efectiva
teatralidad, consciente siempre de que la elocuencia del verbo y el
vuelo de la metáfora se han pensado para encontrar una materialidad de
la imagen visual y el sonido, y en la carne y la corporeidad del actor y
la escena. El lector de estas siete obras podrá disfrutar de un discurso
que alcanza resonancias de la mejor literatura, pero a la vez se hará
una composición, en el espacio y en el tiempo, de la vida que transcurre
ante sus ojos, y añorará el momento de probar su propuesta ideal con una
realización tangible, que la confronte y le plantee nuevas
interrogantes.
Rotundo hombre de teatro, escribe, como él mismo ha confesado, para
producir un impacto en el escenario, y cada vez se pregunta cómo hacerlo
vida para los actores y espectadores, cómo encontrar la forma adecuada
para las ideas que nunca le faltan, imaginar cómo se verán en el
escenario, por dónde comenzar, cómo desarrollarlas, para poder escribir
las primeras palabras en la página en blanco. Y ha hecho del teatro
mismo un tema fundamental que instaura la metáfora, la parábola y que
activa la lectura distanciada.
El artista enloquecido del horror y el dolor que le rodean; el hombre
sencillo que necesita saber por qué un joven simpático que parecía
concentrar la felicidad, se ha suicidado; la actriz frustrada por
circunstancias hostiles que le impiden ver su propia ineptitud; la madre
que se ha quedado sola, en una vieja casa llena de recuerdos, ansiosa
por rencontrarse con sus hijos, conforman parte de esa multitud de seres
que Estorino tiene dentro y que ha convocado y afortunadamente sigue
convocando para que podamos mirarnos mejor a nosotros mismos y para
intentar, con la honestidad y la fuerza de su arte, enseñarnos a
disfrutar y a transformar la vida. |