A propósito del "Teatro escogido"* de Abelardo Estorino

*libro con obras del dramaturgo y director teatral cubano

Por Vivian Martínez Tabares
 
(Cubarte).- De la disección de una familia provinciana, marcada por agudas tensiones generacionales y sexistas, y en medio de un contexto abocado a sacudir sus simientes, a la absoluta crisis familiar, vista a través de la mirada de una anciana sola, que ha hecho de la memoria su reducto más preciado, la dramaturgia de Abelardo Estorino traza un arco de imponente solidez, a partir de su afán pertinaz de encontrar la verdad detrás de cada acto de vida, las "motivaciones más profundas" que sostienen cada proceso de cambio, porque para él la vida es transformación, movimiento de ideas y reajuste de posiciones, crecimiento y evolución perpetuos. Y el teatro, exploración imaginal, síntesis de comportamientos y conceptos humanos extraídos de la realidad, y vertebrados en una abstracción ficcional que los penetra y cuestiona sus circunstancias y sus razones esenciales.

Por eso los presupuestos estructurales de sus obras se reafirman y estallan en un procedimiento de incansable inconformidad y permanente búsqueda de una expresión moderna, que se articule con autenticidad y coherencia dialéctica al ritmo palpitante de las contradicciones que está refractando en cada una de sus aproximaciones a la saga humana, al mundo que construimos con nuestro accionar cotidiano.

A través de siete obras fundamentales de Estorino, Teatro escogido ofrece una posibilidad nueva de relectura para quienes hemos seguido de cerca su quehacer, concentrada en lo que el prologuista, Reinaldo Montero, ha seguido como una singular exploración en los círculos infernales que a su juicio acusa, desde la voluntad expresa de dinamitarlos; y para quienes puedan conocerle a través de esta edición, una oportunidad de descubrir los pasos de una dramaturgia de singular consecuencia ética y estética, que yo prefiero leer como trayectoria sinuosa y abierta de progresivo descubrimiento del mundo y de la naturaleza humana, porque –a pesar de que el autor confiesa que escribe a solas y encerrado-- no puedo entender al teatro de Estorino en modo alguno como encierro, sino como un proceso de conocimiento y autorreconocimiento enfocado hacia las tensiones que comporta la relación de los hombres y las mujeres con su medio, sea familiar, sea la sociedad toda, sean las angustias de un artista que, con especial sensibilidad, revela y rechaza los efectos reductores del poder y la autoridad.

Estorino construye tramas y caracteres que avanzan hacia el develamiento feraz de la naturaleza de cada choque humano, un camino que no teme en absoluto volver sobre sus pasos para rectificar el rumbo o hacer explotar el camino andado, una mirada que sabe, a la vez, aprovechar la experiencia y el tiempo vividos, y relativizar las certidumbres para arriesgarse a encontrar lo nuevo, lo que está más allá de lo aparencial, e inclusive, de engañosas evidencias.

En una ocasión en que le pedí a Estorino revisar treinta años después una respuesta suya de los años 60, en la que calificaba como su mayor virtud y su mayor defecto de entonces el provincianismo, me respondió que su mérito mayor había sido lograr superar el provincianismo. Y estaremos de acuerdo en que trascenderlo, a más que una virtud, ha sido hurgar en lo hondo de las conductas y los valores que ellas comportan, reposicionarlos de modo que más que para recrear un medio específico, sirvan para examinar signos del presente, para ubicarse, sin perder el sabor ni la sensibilidad de una época concreta ni de un espacio inequívocamente cubano, en el aquí y ahora del lector o el espectador, esa perspectiva imprescindible para un teatro vivo.

Así, los encontronazos entre Diego y Esteban en torno al sentido de la ética siguen resonando igual de estremecedores en las circunstancias de ahora mismo, aunque ya las muchachas de comportamiento sexual desprejuiciado no tengan que padecer el juicio segregatorio de los pequeños poderes dogmáticos; como las razones del compromiso del poeta Milanés con su tierra, magistral lectura de la implicación del intelectual que se enriquece y complejiza en las condiciones del debate actual, se reafirma en tanto las ideas asumen un rol cada vez más activo en la discusión de los principales problemas del ser humano en la tierra.

Y si este autor ha sabido escuchar el lenguaje coloquial y rescribirlo con una sintaxis que exprime del original su aliento más genuino pero destierra cualquier asomo de copia fotográfica, frases hechas o referentes chatos de alcance circunstancial, también ha hecho de la evocación un recurso creativo de subyugante riqueza y efectiva teatralidad, consciente siempre de que la elocuencia del verbo y el vuelo de la metáfora se han pensado para encontrar una materialidad de la imagen visual y el sonido, y en la carne y la corporeidad del actor y la escena. El lector de estas siete obras podrá disfrutar de un discurso que alcanza resonancias de la mejor literatura, pero a la vez se hará una composición, en el espacio y en el tiempo, de la vida que transcurre ante sus ojos, y añorará el momento de probar su propuesta ideal con una realización tangible, que la confronte y le plantee nuevas interrogantes.

Rotundo hombre de teatro, escribe, como él mismo ha confesado, para producir un impacto en el escenario, y cada vez se pregunta cómo hacerlo vida para los actores y espectadores, cómo encontrar la forma adecuada para las ideas que nunca le faltan, imaginar cómo se verán en el escenario, por dónde comenzar, cómo desarrollarlas, para poder escribir las primeras palabras en la página en blanco. Y ha hecho del teatro mismo un tema fundamental que instaura la metáfora, la parábola y que activa la lectura distanciada.

El artista enloquecido del horror y el dolor que le rodean; el hombre sencillo que necesita saber por qué un joven simpático que parecía concentrar la felicidad, se ha suicidado; la actriz frustrada por circunstancias hostiles que le impiden ver su propia ineptitud; la madre que se ha quedado sola, en una vieja casa llena de recuerdos, ansiosa por rencontrarse con sus hijos, conforman parte de esa multitud de seres que Estorino tiene dentro y que ha convocado y afortunadamente sigue convocando para que podamos mirarnos mejor a nosotros mismos y para intentar, con la honestidad y la fuerza de su arte, enseñarnos a disfrutar y a transformar la vida.
tomado de CUBARTE www.cubarte.cult.cu  

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