José Jacinto Milanés visita las tertulias delmontinas  

por Abelardo Estorino

 

texto íntegro leído por el gran autor teatral, en el acto oficial de su ingreso como miembro de la Academia Cubana de la Lengua Española, La Habana, 6 de noviembre de 2006

 

        La imaginación, esa posibilidad de crear que acerca al hombre a los dioses, resulta de gran ayuda para solucionar el problema con que me enfrentaría al analizar las tertulias de Domingo del Monte o cualquier otro hecho del pasado, que siempre puede ser visto desde varios ángulos. H.G. Wells la utilizó para trasladarnos de un país a otro, del presente al pasado, con una escala en el futuro. Solo así podríamos ver las legendarias tertulias delmontinas como si hubieran sido intemporales y visitadas por los que de manera real conversaron con él, o quienes han podido referirse a ellas como si hubieran visitado su casa, presidida por la amorosa y delicada presencia de doña Rosa Aldama, Rosita para los contertulios, a quienes ofrecía champolas de guanábana o natillas, como lo hará en otro tiempo Rialta, inserta para siempre en nuestra literatura y por tanto en nuestras vivencias. Porque leer es otra forma  de vivir. A veces con la lectura de un libro nos sorprende cuánto nos ilumina un concepto que no teníamos claro; la comprensión de un personaje de ficción nos ayuda a conocer mejor a un amigo; un suceso de nuestra vida que resultaba confuso, de repente se clarifica después de leer un capítulo de Stendhal.   

Para nuestros contemporáneos tal vez sería necesario precisar el significado de tertulia: reuniones que ya no tienen lugar con la frecuencia con que sucedían durante el pasado, en Cuba en el siglo xix y en casos muy raros en nuestro siglo xx. Aunque no con ese nombre —he oído decir, porque no fui su amigo— que en la casa de Trocadero, Lezama reunía a algunos escritores un día fijo de la semana. Pero nadie dijo nunca “los Lunes de Lezama” como se conocían en París “los martes de Mallarmé”.

Es preciso aclarar la diferencia entre tertulia y salón porque  he hecho referencia al salón de Mallarmé y no era más que una tertulia, aunque ellos lo llamaran salón.

Se les dice tertulia literaria a los encuentros entre gentes de letras donde se habla sobre arte y literatura y casi siempre de política. Han servido muchas veces como pretexto de conspiración política y  fragua de ideas; han propiciado escuelas de  renovación estética y centros donde se conforman nuevos movimientos artísticos. A veces se celebraban al aire libre, otras en palacios o en celdas de conventos; en librerías y, por supuesto, en las casas de artistas o literatos, y con mucha frecuencia en cafés. Tanta fue su importancia, que la intención de fundar la Real Academia Española tuvo lugar en la tertulia del marqués de Villena. De igual forma hubo tertulias en Inglaterra, Francia, y en algunas ciudades españolas: la de Els Quatre Gats, en Barcelona, que se celebraba en el café del mismo nombre, fue punto de reunión de los más importantes intelectuales catalanes en los finales del siglo xix, y entre sus asistentes más destacados se cita siempre a Picasso y nos resulta comprensible si sabemos que los conceptos de las artes plásticas cambiaron después que él puso su mano sobre un lienzo o amasó un poco de arcilla. Rápidamente el local se convirtió en el centro artístico más  importante de la ciudad cosmopolita e industrial, que en ese momento se encontraba en pleno esplendor modernista. Allí se celebraban conciertos y exposiciones, y es muy probable que a través de otros artistas que lo frecuentaban  conociera Picasso la pintura francesa de Toulouse-Lautrec y los dibujos de Théophile Steinlen, que influirán en sus obras.

¿Cuál es entonces la diferencia con el salón?

El salón es una reunión de personas cultas y refinadas, que empezó a proliferar desde el siglo xvii hasta el xix, en especial en Francia, y donde asistían personalidades de la aristocracia, la política, las letras y las artes, para charlar sobre temas literarios, morales, filosóficos o mundanos. Cuando, a partir de 1613, la marquesa de Rambouillet se alejó de la corte de Enrique IV por considerarla vulgar y comenzó a recibir en su casa a las mentes más exquisitas de su tiempo, el salón del Hotel de Rambouillet se convirtió en un cenáculo brillante y atrajo a gentes tan informadas como la marquesa de Sévigné, madame de La Fayette o Madeleine de Scudéry. Siguiendo su ejemplo, otras damas de mundo, y también algunos  caballeros, abrieron sus salones. Eso no impidió que Molière, siempre perspicaz para encontrar el lado falso o risible de la sociedad, utilizara a la marquesa como modelo para sus personajes de Las preciosas ridículas.  

La influencia de los salones en la evolución de los usos, modas y gustos literarios del siglo xvii, fue considerable: la idea de una academia de las letras francesas surgió también del salón de Valentín Conrart. Avanzado el siglo xviii, la costumbre siguió prosperando, y algunos viajeros de paso por la ciudad acudían a visitarlos, y al regresar a sus países siguieron el ejemplo. 

Sucedió igualmente con el salón de Stephane Mallarmé, a finales del siglo XIX. Hombre de brillante conversación, más lúcida, dicen, que sus oscuros escritos, y su casa de París se hizo famosa, y sus comentarios críticos sobre literatura, arte y música estimularon a los escritores simbolistas franceses, así como a los artistas y compositores de la escuela impresionista, que desarrollaron un arte que marcó aquel momento.                         

En España y Latinoamérica el salón se confunde a veces con la tertulia literaria, y aunque en parte coinciden, no son exactamente lo mismo. El salón es más cosmopolita y versátil, se dice. Creo que resulta solo una cuestión de lenguaje: la palabra tertulia no tiene traducción al francés; salón no aparece con el mismo significado en español. 

Podríamos relacionar estos salones y tertulias con las  reuniones en la casa de Domingo del Monte, en  Matanzas, durante los años 1835 y 1836, y posteriormente en La Habana. En estos encuentros, su cultura, erudición, y la posibilidad de ofrecer las últimas ediciones de escritores europeos en boga, influyeron en los jóvenes que lo visitaban o que mantenían frecuente correspondencia con él, tal como podemos conocer a través del Centón epistolario, compilación de las cartas que recibió de sus amigos,   publicadas  entre 1923 y 1957.

La frecuencia de sus cartas, y el  tono en que están escritas las que aparecen en el Centón, o las de José Luís Alfonso y José Zacarías González del Valle, nos dan la impresión de que podríamos llamar a ese conjunto de su correspondencia “tertulias epistolares”, pues muestran  un intercambio de ideas, sugerencias y análisis literarios propio de los salones de que hablamos. No otra cosa adivinamos en las cartas recibidas por el hombre a quien Martí llamó “el más útil y  real de los cubanos”. 

 Así como en las tertulias o salones de Europa surgió la idea de las academias de  las lenguas española y francesa, también en la tertulia de Del Monte surgió y se discutió todo lo relacionado  con la fundación  de la Academia Cubana de Literatura, prohibida casi al nacer por ser considerada un cenáculo de conspiradores contra el gobierno español y fue la causa del destierro de José Antonio Saco. También nació allí la idea de  fundar una biblioteca en Matanzas, y para solucionar las dificultades económicas se organizó una función teatral en la que participaría Federico Milanés. Dicha fundación, los trabajos para lograrla y el azar —siempre tan preciso—, fueron las causas del encuentro de José Jacinto el poeta y su Mentor, como todos lo han llamado.

Eusebio Guiteras conoció mucho a Del Monte y lo describe como un hombre muy pintoresco en el vestir: parecía un artista con blusa y gorra, expresa, y tal vez el provinciano se escandalizaba con tal vestimenta. Y aunque Federico Milanés lo comparó en algún momento con Hércules y Antinoo, Guiteras no estaría  de acuerdo, ya que, para parecerse a cualquiera de ellos, estaba “demasiado envuelto en carnes demasiado blandas”.

Esta opinión resulta paradójica cuando se ha dicho que Del Monte insistía con los hermanos Milanés para que asistieran a un gimnasio donde entrenar sus cuerpos. “Haz lo que digo, no lo que hago”, dice un refrán popular.

Sabemos entonces cómo recibía el mentor a sus pupilos y la ayuda que Rosita prestaba para lograr la agradable atmósfera  de quietud propicia para la discusión.

Ahora, gracias a la imaginación creadora, idea que nos remite a Stanislavski y su teoría del “sí” mágico, podríamos visitar la casa de Del Monte en la calle Gelabert, la misma donde vivía entonces la familia Milanés, y nos encontraríamos allí con Félix Tanco, los hermanos Eusebio y Pedro José Guiteras, los hermanos Milanés, Juan Padrines, muy amigo de José Jacinto, Cirilo Villaverde y otros.

Del Monte tuvo oportunidad de viajar por varios países, vivió en Cuba, visitó Madrid y Nueva York e hizo amistad con importantes intelectuales de la época, y alcanzó una erudición que le permitió estar al tanto de las ideas que se manejaban en el mundo en aquel momento. Si examinamos con cuidado los libros que leía y recomendaba a sus amigos podríamos pensar que no valoró autores  que después dejarían huella en la literatura de sus países. Se dice que leyó El viaje sentimental de Lawrence Sterne, pero nunca que hablara de esta obra a los asistentes a sus tertulias. Es cierto que sería exigirle demasiado, ya que aunque Tristram Shandy resultó un éxito de librería, no fue apreciado por sus contemporáneos como un autor con la importancia que ha alcanzado en la literatura actual.

Las tertulias delmontinas presentan características singulares que las diferencian de otras. Por primera vez los escritores que se reúnen en Matanzas o más tarde, en La Habana, tratan asuntos que no pueden ventilarse en público. La implacable censura en que vivía la inteligencia cubana resultaba humillante, y solo en sesiones privadas se podían discutir cuestiones estéticas de cierto vuelo. Urbano Martínez Carmenate, en su biografía de José Jacinto, dice: “es válido afirmar que con las tertulias delmontinas tuvo lugar la primera ‘conspiración masiva’ de intelectuales en nuestra historia”.

¿Por qué no imaginar que Lezama Lima, Virgilio Piñera y otros autores que se han interesado en la obra y vida del poeta matancero asistieran con frecuencia a sus “miércoles delmontinos”? Allí podríamos toparnos con estos autores, y también con  Cintio Vitier, uno de los mas acuciosos analistas de nuestra poesía, en cuyos ensayos la figura de Milanés es frecuente. 

Veamos.Virgilio entra en la casa donde se conversa sobre literatura, de su brazo cuelga el paraguas con que aparece en una de las fotos que tal vez le tomó Chinolope, y saluda con un movimiento de mano muy peculiar, se acerca a su sillón favorito, que nadie ha osado utilizar, y pregunta: ¿se puede fumar, verdad?  Mientras, busca los cigarros y una caja de fósforos y cuenta, cuenta con una sonrisa de muchacho maldito, esa anécdota, tal vez apócrifa, sobre uno de sus amigos que en el paseo del Prado encendía incesantemente fósforos para lanzarlos al pavimento y llamar la atención de los paseantes.  

Los documentos que Virgilio ha dejado sobre Milanés son,  hasta donde conozco, el intento de escribir una obra sobre el poeta. Hizo tres versiones, todas inconclusas, pero bien en los diálogos o en los poemas que en ellas aparecen descubrimos las inquietudes que la poesía y la vida del poeta le suscitaban. Por esos esbozos —no son otra cosa—, sabemos que lo consideraba un personaje oscuro, y sospecha que en su vida existe un misterio que nadie  ha podido desentrañar. Lo ve como un personaje raro, dividido en dos facetas, a una le llama sol y a la otra luna, y termina  diciendo que “los hechos de su vida lo convierten en un rompecabezas”, con lo cual nos dibuja la imagen de un esquizofrénico. Esos tres esbozos tratan de encontrar una explicación para esclarecer al oscuro, raro, misterioso poeta matancero.

Los personajes mas importantes de esos intentos publicados en su Teatro inconcluso son cuatro: Virgilio mismo, quien  aparece en algunos de los prólogos y describe la escenografía, o presenta a los otros protagonistas: el poeta y sus hermanos Carlota y Federico.

Virgilio pone en la voz de su Milanés-personaje estas palabras:

 “Soñar es pretender hacer el mundo a imagen y semejanza de uno, pero el mundo se resiste a tal alquimia, y cuando despiertas lo ves en toda la desoladora negación de tu sueño”.

“Te consta que soñé tener el paraíso y me salió el infierno”.

“Ya no soy tu Pepe. Ahora soy un demonio, ahora soy otra cosa.”

En la primera tentativa de acercarse al misterio Milanés, Piñera se ha situado a sí mismo como un ente de ficción, inspirado tal vez en el personaje del Mirón, que aparece en los cuadros costumbristas de Milanés, y dice:

 

Nadie sabe si Milanés

Sigue  ahí o se marchó…

 o si harto de ser Milanés

En cualquier otro se cambió

Por veinte años los días y las noches

de ese Milanés ¿cómo pasaron?

¿Qué cosa se dijeron esos dos?

¿qué sangre se sacaron de las venas?

¿qué reproches se hicieron?

¿qué besos inflamados

de sus bocas salieron?

¿Y qué fantasmas vieron?

 

Curioso resulta establecer una relación entre estos tres personajes y los de su obra Aire frío. Oscar sería, es, el poeta; Luz Marina ocuparía el lugar de Carlota, y Enrique aparece como la imagen que Virgilio dibuja del hermano, de carácter muy ajeno al  Federico que escribió Aniversario.

Para ahondar aún más, pone en boca de su Milanés los versos de Segismundo, con lo cual acerca al poeta a uno de los personajes más estudiados de la dramaturgia universal, cercano a Edipo o a Hamlet, y en algún momento cita también a Werther, paradigma de la melancolía romántica.

El segundo intento no es más que una variante del primero, pero en el tercero Virgilio experimenta con una nueva estructura que resulta más cercana al mundo interior del poeta: las páginas  encontradas están escritas en verso, y la descripción de la escenografía le dan un alcance simbólico. Se trata de “un laberinto constituido por tres caminos en espiral, dispuestos de tal modo que los tres conduzcan al centro”. En cuanto a los personajes que aparecen, podríamos decir que integran un monólogo a tres voces, porque encontramos a J.J. Milanés loco; a J.J. Milanés loco creado por el  loco Milanés; y a J.J. Milanés poeta. Como demuestran estos esbozos, el esfuerzo por iluminar el misterio resulta inútil, tan  inútil como tratar de esclarecer la incógnita que es siempre el hombre aun para sí mismo, sea o no poeta. Tal vez de haber terminado su proyecto tendríamos una idea más precisa de lo que pensaba sobre el origen de la locura, que ha hecho sudar a tantos  investigadores.

A nadie sorprende la llegada de CintioVitier, acompañado por su esposa, la poetisa Fina García Marruz. Poetisa, sí, aunque se ofendan las poetas. Ellos integran una pareja unida en la vida, en la poesía, y en su amorosa dedicación por puntualizar las cuestiones más espinosas de la literatura cubana. Rosita se acercará a Fina, acaso la única mujer en la reunión, y  le ofrecerá en una taza de exquisita porcelana su infusión preferida y se alejarán hacia un pequeño gabinete que tiene un delicado toque femenino, y hablarán de sus poemas. Fina, con mirada escrutadora, observará lo que sucede en la reunión, y lo describirá después de manera inigualable, en el ensayo sobre Del Monte y Manzano que aparece en su tomo  Hablar  de la poesía.

Al analizar la personalidad contradictoria del poeta, Cintio  utiliza con frecuencia las palabras remordimiento, laberinto, culpa, misterio, escrúpulo, impureza; sucio, extraño, oscuro, tétrico, absorto; suciedad, que también es obsceno y deshonesto. Estas palabras u otras con significado parecido están presentes en los trabajos de los estudiosos interesados en elucidar el secreto de la enfermedad que lo forzó a vivir en  reclusión durante  tantos años.

Y el uso de estos adjetivos transforma al lírico poeta de “La madrugada” o “De codos en el puente” en un personaje dostoievskiano que arrastra junto con su tía Pastora la condena de destrozarse las manos tratando de limpiar el asco que encharca la casa donde transcurrieron sus años de juventud, que en ocasiones hemos visto como el escenario/paraíso donde los primos cantan,  interpretan comedias, visten disfraces y juegan al teatro.

“Así fue él en sus primeros años; luego los pesares y la enfermedad lo transformaron en tétrico personaje”, dice Escoto y nos ofrece la imagen más misteriosa y contradictoria de un escritor en nuestro universo poético.

Milanés encarna la “matanceridad” absoluta, dirá Cintio, pero esa matanceridad de inofensivo aspecto incluye una peculiar neurosis, más pudorosa o más reconcentrada, y entre sus factores frecuentes anotamos la obsesión. En general la provincia es proclive a la neurosis. En muchos de los poemas de Milanés, especialmente en “El beso”, detrás del tono idílico se siente una idea fija, una obsesión: la obsesión de la pureza que, desde luego, es la obsesión de la impureza, de ahí que lo haya bautizado como el Obseso.

Veo a Lezama sentado en un cómodo butacón forrado en cuero; resopla como si hubiera caminado leguas por un laberinto cretense o regresara cansado después de subir las escaleras hasta la cima de un templo babilónico; no suelta su gran tabaco y le pregunta a Del Monte: ¿Y qué, Dominguito, qué tal de resonancias anda su mundo?, con el acento que han señalado todos aquellos que lo conocieron y se ha convertido en un signo que lo identifica; algunos poetas jóvenes, aun sin haberlo escuchado nunca, leen sus propios versos con la entonación que se podría bautizar como el “típico jipío lezamiano”, tal un cliché utilizado por Talma, en sus actuaciones en la Comedie Française. Y nos dice, nadie lo dirá mejor, y debe citarse tal como lo escribió: 

“Al paso del tiempo, Milanés se convierte  en una especie de fantasma matancero, deja cartas en las noches fosfóricas, desaparece inapresable debajo de un farol de medianoche. Es tan real como es irreal. Es inasible porque vuelve siempre, se escapa porque su ausencia ilumina el trayecto recorrido.”

Resultaría esclarecedor acercarse a estos autores y establecer un paralelo entre algunos rasgos del Obseso y las obsesiones que perturbaron  a Lezama o Piñera. 

Carlota, la hermana fiel, frase acuñada por todos los que  han sido conscientes del cariño que le profesaba a José Jacinto,  vivió a la sombra de los zaguanes matanceros, en la calle que hoy lleva su nombre, y la enfermedad larga y dolorosa que padecía el poeta hizo cambiar el ritmo de la casa. Ese amor fraternal se transformó en una intrincada relación, y la arrastró a sacrificar su vida para atenderlo, encerrado días y noches  en su habitación, en un mutismo que tornaba más doloroso su semblante. Existen copias de las cartas de Carlota donde se refiere al placer que le producía entrar en el cuarto del ausente, de viaje por la La Habana en 1833, y descubrir algunos versos que no conocía. A su vez, Milanés le dedicó un hermoso poema titulado “A mi hermana cantando”, pleno de una admiración  muy elocuente: 

 

Por eso yo cuando infeliz suspiro,

Oigo tu voz y en la ventura creo

¡Porque una dulce precursora veo      

En ti del bien a que amoroso aspiro!

 

Virgilio Piñera mantuvo también esa relación mítica Orestes-Electra que se manifiesta  en el cariño por su hermana Luisa, y ha confesado que ella le sirvió de modelo para crear el personaje de Luz Marina en Aire frío. En la obra, Luz Marina Romaguera, abrumada por  la falta de un ventilador que mitigue la desesperación que le provoca su sempiterno calor, es capaz de renunciar a él para que Oscar, el poeta y hermano preferido, consiga publicar su primer libro de poemas, aunque el verso El pez de de la torre nada en el asfalto despierte  las burlas del hermano Enrique.

Ya  hemos visto que Piñera, como todos los que han estudiado a Milanés, se interesó en develar los secretos del poeta, secretos que su hermano Federico nunca reveló, a pesar de haber escrito un ensayo titulado “El secreto de la vida de Milanés”, donde con evasivas e historias románticas de amores imposibles deja incólume el enigma de la enfermedad del hermano.

Lezama proyecta una  devoción análoga por Rosa Lima, su madre, muy evidente  en la novela Paradiso. Al delinear la imagen del amor maternal de Rialta Olalla, quien vela a José Cemí  durante sus ataques de asma, le consagra sus noches y su existencia toda, como la Carlota fiel del siglo XIX. La novela hace una descripción prolija de ese amor y de la angustia del hijo cuando no tiene a su lado a la madre, devenida diligente enfermera capaz de calmar sus ahogos con baños y ungüentos.

Milanés es considerado el poeta que alcanza un intenso lirismo con temas de una gran sencillez, o mejor, al observar su entorno, la naturaleza y las costumbres sencillas de la vida provinciana, es capaz de convertir en arte unas persianas, la luz de un quinqué o los dos sencillos floreros  en la mesa de caoba. Al respecto, Lezama asevera que “en las poesías que escribe a la manera de ‘La madrugada’, ‘La fuga de la tórtola’ o ‘El beso’, se nos muestra ágil, lleno de encantamiento, “un rápido reflejo por donde penetran, finas y hondas, las mas depuradas esencias de lo nuestro”.

La preocupación social y política que anidaba en las tertulias hizo que los escritores que rodeaban a Del Monte se propusieran de alguna forma dejar constancia de los males que asolaban a la Isla. Anselmo Suárez y Romero o José Antonio Echeverría dejan testimonios, en sus novelas y artículos publicados en El Plantel o El Álbum, de la injusticia que implica la esclavitud, para aportar un argumento más a favor del cese de la trata, uno de los tópicos de lucha abordado con frecuencia en sus reuniones.

La influencia de Del Monte sobre Milanés ha constituido una preocupación para todos los interesados en su obra poética,  quienes se han preguntado si en realidad resultó feliz para su desarrollo como escritor. 

 Del Monte se propuso llevar a Milanes al apólogo moralizante, al pastiche del teatro español. No es de extrañar entonces que surjan poemas como “La hija del pobre”, “El hijo del rico”, “La madre impura” y otros títulos parecidos. Lo mismo sucede con su teatro, no solo en los cuadros  de “El Mirón cubano”, donde el humor, con mirada sagaz, fustiga los pequeños vicios de los matanceros, sino también en sus obras mayores, “El conde Alarcos” y “Un poeta en la corte”, que  revelan, tras la máscara medieval, su necesidad de denunciar la falta de libertad que el poder omnímodo del gobierno español ejerce sobre su Isla. No resulta extraño entonces que el lápiz rojo del censor, como decían en su época, impidiera el estreno y la edición de Un poeta.

Se insiste en que esas poesías catalogadas de moralizantes tienen menos valor que las obras en que describe con gracia y sencillez la naturaleza, los juegos de la luz o el agua en el río San Juan, del que se apropió con la magia de las palabras. Se supone que habitaba en él una necesidad de tratar esos otros temas, pues eran las inquietudes que se debatían, como ya hemos visto, en el grupo delmontino: la trata, la opresión de España, la falta de libertad para el arte.

Del Monte patrocinaba  un acercamiento a la realidad que resultara provechoso para resolver los problemas políticos y sociales por los que transitaba la Isla y resultaria curioso  encontrar elementos comunes entre ese interés por abordar en la obra literaria temas llamados ”útiles” y lo que se propusieron los escritores soviéticos  al seguir  las teorías  del realismo socialista establecidas por Gorki.

Según acota Lezama, Del Monte insistía en utilizar las formas tradicionales de los romances españoles para acercarse a las  costumbres y paisajes cubanos, y solo consiguió plantear “una interrogación”, sin encontrar una salida a las inquietudes de los poetas o narradores que asistían a las tertulias.

Tal vez el conocimiento y admiración por las obras del neoclasicismo español le impidieran ver la semilla que se gestaba en los escritores cubanos que trataban de expresar el sentimiento producido por el entorno, y no atinó a vislumbrar que su elección sería la décima, no el romance. Suárez y Romero afirma “de ahí proviene que las primeras producciones de algunos de sus discípulos adolecieran de arcaísmos fuera de toda oportunidad empleados y que otros, por no perder nunca la vista de los modelos, parasen en imitadores”.

Cuando se analizan esas poesías moralizantes que escribió Milanés, generalmente desprovistas de todo valor poético, argumenta Cintio, aparecen ligadas al tema central de sus mejores versos y a la obsesión dominante de su vida, que terminó en la locura: la obsesión de la pureza.  

En casi todos los estudios revisados se menciona el ansia de pureza presente siempre en su obra, la búsqueda perenne de un paraíso donde  liberarse del remordimiento. Esa obcecación  revela un sentido de culpa que se asocia a rencor, asco, pecado, mundo oscuro y tortuoso. Resulta enigmático por qué el amante que goza de un amor correspondido pueda sentir que su labio es “torpe , insano”. Es posible intuir que lleva en sí mismo esa sensación de impurezas, y aflora un estremecimiento que no logramos definir. En la Colección Cubana de la Biblioteca Nacional, entre los  papeles sobre  el poeta y su familia, encontré una nota manuscrita de Plutarco González, uno de sus amigos, donde se lee: “su enfermedad se debe a los vicios ocultos que tenía”. Se refiere a la masturbación. Otros estudiosos han dicho que probablemente murió virgen. Tal vez la aspiración por encontrar un mundo perfecto lleva al escritor a indagar en las posibilidades del lenguaje para  crear un objeto tan perfecto como sus ensoñaciones, o que al contrario, muestre los vericuetos que le impiden lograr sus sueños, y recurre entonces a las frustraciones y vacíos, reflejos de la vida, para alcanzar la catarsis de que habla Aristóteles.      

Si la imaginación que invoqué en las primeras líneas de este trabajo nos ayuda, veremos entrar desde el fondo de esta sala a un José Jacinto que me debe su manera de vestir, la mirada extraviada, sus angustias, sentimientos y temores, pero sobre todo su voz, que nos recitará sus pesadillas como yo se las he dictado. 

 Yo soy José Jacinto Milanés poeta autor de El conde Alarcos estrenada en el teatro Tacón elogiada en Madrid soy honrado culto de una familia intachable dónde está mi mancha y a ellos de dónde les viene su linaje dónde están los títulos los castillos y los pergaminos qué tienen onzas sólo onzas relucientes escondidas en arcas de madera sus títulos onzas sus pergaminos pe­sos y me ama me ama lo supe mientras le leía un poema y sonreía con las mejillas ardiendo de pudor por mi presen­cia la han encerrado en el último cuarto para impedir que me vea las manos blancas atadas con cuerdas para que no toque las mías que tiemblan le han puesto una mordaza para impedir que me llame yo lo adivino oigo su voz aquí dentro de mi cabeza está su voz que suplica y grita mi nombre oigo como grita mi nombre de noche no puedo dormir hace noches que no duermo y cuando duermo oigo su voz su amor es más fuerte que todas las mordazas atraviesa los muros viene hasta mi cuarto anoche estuvo vestida de blanco con un clavel y se acercó a mi cama sin tocarla sin tocarla paseó por mi cuarto me entregó el clavel clavel rojo rojo como la sangre que corría por sus labios rojos la atormentan la torturan de noche la azotan atada a las rejas de la ventana la azotan hasta que sangra y viene a mi cuarto con el vestido blanco manchado dónde está mi mancha mis sábanas manchadas    deja mi cuarto repleto de sangre la sangre anega mi cuarto no puedo tocar los libros están manchados no puedo coger la pluma es la pluma de  un pájaro muerto asesinado. ¡Asesinos!

      

       Ya no puedo imaginar nada más. Gracias.

 


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