MÁS VIDA QUE MUERTE
Ambas cosas
logra Carlos Celdrán con su Vida y muerte de Pier Paolo Pasolini ―teatral
y artísticamente, más vida que muerte―, al ofrecer la interpretación personal de
una historia que continúa alertando acerca de la discriminación, los
convencionalismos y la mediocridad.
por Miguel Gerardo Valdés Pérez
Prejuicios, segregación e
intransigencia constituyen las bases estructurales de
Vida y muerte de Pier Paolo Pasolini, la obra que
Carlos Celdrán con su
Argos Teatro ha llevado adelante en el noveno piso del teatro Nacional de
Cuba.
La existencia de Pasolini (Bolonia, 5
de marzo de 1922- Roma, 2 de noviembre de 1975) y su dramática muerte
―inconclusa todavía― conservan la efervescencia típica de los individuos
diferentes. Además de talentoso y admirado cineasta, fue poeta, ensayista,
profesor, autor dramático, novelista e intelectual partidista que se opuso al
fascismo y al hegemónico poder de la iglesia.
Enfrentó y arrostró decenas de
procesos judiciales y enarboló su concepto de la belleza desde la autenticidad
de los sectores humildes y marginales.
Su genialidad creativa, y las
campañas publicistas detractoras que la taimada sociedad italiana de entonces
desplegó a su paso, hicieron de él una figura especial, controvertida y
atormentada.
Celdrán, ―en línea convergente con el
texto teatral del filólogo y dramaturgo francés Michel Azama― pulsa la lucha
interior y exterior de quien desafió la incomprensión social, el estigma
homosexual y la mordaza.
Contribuye a ello, en gran medida,
la escenografía (Alaín Ortiz) ―de sobria aridez en elementos y matices― que
apunta hacia las profundidades de las tenebrosas censuras inquisitoriales. La
bastedad del piso cubierto de virutas de madera, tres plataformas por las que
entran y salen los actores, y escasos muebles de desnuda textura, parecen
empequeñecer ante la inmensidad del puntal de la sala y el negro de los
telones de fondo, y establecen evidentes líneas conexas con los tonos claros y
oscuros del vestuario de Vladimir Cuenca, ―trazado exterior de los rasgos de los
personajes y de los laberintos morales que los encarcelan o desbordan.
Por esa misma cuerda se deslizan la
banda sonora a cargo del propio director y el diseño de luces de Manolo Garriga.
Intensos y eficaces, ambos componentes, complementan con suficiencia a los
anteriormente mencionados y trasmiten, perfectamente, la rebeldía del
protagonista, su amargura, y el derrumbe ante la soledad física y espiritual.
Todo un escabroso trayecto que Alexis Díaz de Villegas (Pasolini) emprende desde
el principio, sin pasos en falso y con reveladoras pruebas de búsquedas previas
en las interioridades psicológicas del personaje.
Del otro lado, José Luis Hidalgo
logra con éxito la metamorfosis que cada cambio de escena o las dos
identidades, le exigen; resaltando las diferencias físicas y gestuales para cada
una de ellas. Pancho García corrobora su carismática imagen de actor bien
entrenado y ofrece momentos tan singulares y caricaturescos como el de la
Eminencia Gris o el Diputado Pagliucca.
Caleb Casas se las ingenia para
hacer creíble a Giuseppe Pelosi y salvarlo del maniqueísmo que en ocasiones
engendra el papel del marginal. Por su parte, Fidel Betancourt, proyecta con
limpieza la ingenuidad inicial de su Ninetto Dávoli, y posteriormente, la
admiración hacia el amigo con quien comparte escenas de sobrecogedor recreo
emocional y estético.
Sin embargo, es necesario declarar
―al margen de las intencionalidades en la elección― que las condiciones de la
sala atentan en contra de una puesta cuya dramaturgia exige un espacio menos
disociador y mejores condiciones acústicas.
Con frecuencia, el público de las
últimas filas no alcanza escuchar los parlamentos, inconveniente que interrumpe
la concentración y la continuidad argumental de lo que se observa, provocando
lamentables rupturas comunicativas de un hilo conductor que ha demostrado
solidez y coherencia al atrapar la atención masivamente.
Quizás esto, también comprometa
negativamente las intervenciones de Ileana Rodríguez, la Narradora,
quien adopta las inflexiones y la semicadencia de la dicción falseada de quien
intenta llegar a un lejano auditorio, solamente justificable, si fuera un
recurso de distanciamiento temporal asumido ante las múltiples locaciones y
fechas del extenso recorrido biográfico que el protagonista hace.
No siempre la representación logra ―a
partir de sus imágenes y de su texto― ganar el interior de los espectadores y
franquearle el paso a la función social y cognoscitiva. Cuando esto se alcanza,
la creación artística rebasa los límites visuales y provoca, más allá del
disfrute estético, la emoción y la reflexión. Ambas cosas logra Carlos Celdrán
con su Vida y muerte de Pier Paolo Pasolini ―teatral y artísticamente,
más vida que muerte―, al ofrecer la interpretación personal de una historia que
continúa alertando acerca de la discriminación, los convencionalismos y la
mediocridad, piedras desbastadoras de lo auténtico y diverso.
(tomado de http://www.lajiribilla.cu )