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PASOLINI EN FORMA DE TEATRO por Norge Espinosa
La primera evidencia es un cadáver, en un descampado de Ostia. Sobre ese
cuerpo abandonado en los primeros días de noviembre de 1975, pueden
extenderse otras pistas: algunos libros de poesía, prosa, entrevistas y
actas de procesos judiciales; una serie de filmes polémicos por sus
atrevimientos formales y conceptuales (la iglesia, el eros, la política,
son algunos de sus blancos predilectos); y el presentimiento de un
crimen cometido no sólo por motivaciones sexuales. Desde esa fecha hasta
acá, el cadáver PPP no ha dejado de acumular nuevos síntomas de aquello
que lo condujo a la muerte; confirmaciones de su peligrosidad y su
carácter-problema. Menciono apenas algunos, conocidos entre nosotros:
una película, parte ficción, parte documental, sobre el
asesinato de este hombre, proyectada
junto a una retrospectiva
memorable en el Festival Internacional
del Nuevo Cine de 1998; un
cuaderno de Alberto Acosta-Pérez, un
poema de Rolando Sánchez Mejías en su volumen Derivas I..., una obra
teatral del francés Michel Azama.
Esta
última evidencia, en manos de
Argos Teatro, es un efectivo golpe escénico, una reproducción
minuciosa de lo que puede ser, a casi veinte años del hallazgo del
cadáver PPP, la persona PPP: el problema Pier Paolo Pasolini.
El texto de Azama, uno de los más celebrados autores de su país hoy día,
toma ese cadáver para deshilvanar a manera de secuencias casi fílmicas
la existencia desesperada del poeta y cineasta italiano. Como Arenas,
Reinaldo Arenas quiero decir, la experiencia de Pasolini es la de un
carácter en pugna con las fuerzas más terribles: la voluntad de alguien
que intenta hacerse un espacio aun a contrapelo de sí mismo.
Homosexual y comunista militante, cineasta sin excesivo bagaje técnico
pero dotado de una poética visual que radicalizaba los preceptos en
boga, ateo pero no insensible al misterio católico, Pasolini, más que un
ser humano, era una bomba de tiempo. Estalló en sí mismo, mucho antes de
que la conjura para eliminarlo llegara a él bajo el rostro de Giuseppe
Pelosi, en su última noche. La obra que dirige en La Habana de hoy
Carlos
Celdrán opta por un Pasolini casi mesiánico, espejo dramático del
autor de Poesía en forma de rosa, que aparece en las escenas más
rotundas de su vida como un apóstol de su credo particular, donde la
belleza es otra forma del sacrificio y la verdad misma una forma de la
belleza. Vida y muerte de Pier Paolo Pasolini, la pieza teatral, halla
su virtud y su límite en esa perspectiva, a ratos hagiográfica, a ratos
mucho más compleja de lo que se advierte en una primera lectura,
redimensionada, afortunadamente, por el mesurado e inteligente trabajo
de su dirección.
Mesura e inteligencia no han faltado en otros empeños anteriores de
Carlos Celdrán. Sin embargo, aquí me gustaría añadir a esos términos uno
casi siempre ausente en la vida del teatro cubano de hoy: conciencia del
equilibrio, del necesario balance entre los elementos todos que
redondean una puesta en escena en tanto organización de algo que, en sí
mismo, funciona como una maquinaria que produce símbolos con exactitud.
Celdrán ha concebido la puesta desde el actor, como alter ego de la
persona a la cual se refiere el texto mismo, y deposita en los
intérpretes una dosis de confianza que a ratos extrañamos los que
habitualmente vamos al teatro. Le basta, entonces, una superficie
desnuda, cubierta de aserrín: imagen del descampado de Ostia, para
organizar
sobre ella la metáfora árida de la vida que nos va a relatar.
Si en
el empeño anterior, su revisitación de Roberto Zucco, Alain Ortiz creaba
un espacio escénico que, de tan potente, devoraba parte de la puesta;
ahora el mismo diseñador ha creado para Celdrán una caja negra de
resonancias, donde la síntesis es también una textura, un concepto
visual que enmarca el drama de los personajes, enfatizado por el manejo
de luces creado por Manolo Garriga y el vestuario impecable de Vladimir
Cuenca. El espectáculo pareciera comprender que su misión: exponer los
hechos que condujeron a la muerte de un intelectual que persistió en la
búsqueda del riesgo, se logra desde el
menor grado de énfasis, desde la proyección de una sobriedad donde la
voz del actor es el color, el nervio, el éxito.
Un actor que es, por suerte, el rostro múltiple de todo un conjunto
donde la mayoría de los intérpretes avanza sobre la misma cuerda, en un
tono único que no monocorde, en un arreglo físico que no desdeña el
cuidado por la dicción o el trazo limpio del gesto. Un actor que
es, primeramente, Alexis Díaz de Villegas: un Pasolini posible, creíble,
memorable. Ya en La Celestina, o La señorita Julia, en Segismundo
ex-marqués o El trac, Alexis ha demostrado la excelencia de sus
capacidades. Pasolini es un tamiz que le permite renovarlas, y en los
monólogos, especialmente aquel donde su cuerpo dibuja contra la
superficie de una mesa un juego de oposiciones que alterna con la
dinámica de su parlamento, tanto como en las escenas donde dibuja el
perfil de un homosexual que no es un estereotipo sino un carácter vivo,
su talento se afirma en un nuevo crecimiento. Y un actor que también es
Pancho García, por cuya aparición en este montaje habrá que felicitar a
Celdrán, pues la capacidad con la cual este intérprete de larga
trayectoria se integra a un elenco de menor edad, cataliza otras
fuentes
de seducción que el espectáculo muestra lúcidamente. Pancho, en sus
cuatro personajes, es el mismo y no, se multiplica y metamorfosea desde
algo que es virtuosismo puro, sin abandono gratuito, confirmándose como
uno de esos actores para los cuales vale siempre la pena abrir una
página de elogio. Y un actor que puede ser Jorge Luis Hidalgo, tenso
entre esas dos fuerzas que son los ya mencionados, eficaz como balance
entre uno y otro. Gracias a ellos, los demás miembros del elenco (Caleb
Casas, un Pelossi mucho más bello del que en verdad asesinara a Pasolini;
Fidel Betancourt, un Ninetto Dávoli que deberá ahondar más en el
crecimiento de su rol y no solo en su ganada inocencia...) se mueven
como un todo inteli-gente, en una puesta que me hace disentir de muy pocos detalles:
un sofá prescindible, existiendo un banco de perfecta armonía con los
elementos escénicos ya en el escenario; o la enunciación de algunos
fragmentos que la actriz Ileana Rodríguez no consigue engarzar al tono
de su difícil misión de Narradora.
Yo quisiera, por último, convocar a La Habana para que no dejase de ver
este montaje, que sin exceso ni pretensiones asfixiantes, coloca a la
persona y no al cadáver PPP entre nuestras imágenes. Y confesar una vez
más mi confianza en Carlos Celdrán, zaherida en los instantes donde su
mano ha sido menos firme, pero nunca evaporada ni hipócrita, sostenida
por la fe que me hace volver a sus convocatorias. Él, que desde el
nacimiento de su grupo, pareciera buscar el tono justo que equilibre en
un mismo plano el rango espectacular y el aporte del actor, ha
conseguido en este montaje mucho de lo que se proponía en sus entregas anteriores. Este Carlos Celdrán
reafirma mi voto por esos otros Carlos Celdrán a los que ya aplaudí o
juzgué con pasión. Porque su Pier Paolo Pasolini, ahora mismo, me
permite volver a los otros Pier Paolo Pasolini a los que también leí,
evoqué, amé y amo sinceramente.
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