El talento vence a la intolerancia

 

por Amado del Pino

 

Argos teatro se ha caracterizado por preferir los grandes textos, ya

sean clásicos o contemporáneos. Carlos Celdrán apuesta por la riqueza y

complejidad del verbo como motivación esencial para desatar sus

imágenes escénicas. Ahora asume una obra del francés Michel Azama

(1947), Vida y muerte de Pier Paolo Pasolini, que puede verse de

viernes a domingo en el noveno piso del Teatro Nacional.

 

Viajando del testimonio a la ficción, Azama nos ofrece un nítido

retrato humano y artístico del legendario escritor y cineasta italiano.

Como recuerdan las Notas al Programa, Pasolini debió librar una lucha

incansable contra la intolerancia y la censura. La moral tradicional se

sintió ofendida por la poética crudeza de su arte y tomó venganza

hurgando, manipulando la propia intimidad del artista. La sucesión de

procesos judiciales y escándalos culminó con la violenta, aún no

esclarecida muerte del creador.

 

La puesta en escena de Celdrán impacta por su coherente sobriedad.

Pocas veces en nuestra vida teatral puede hablarse de una selección tan

ajustada de los elementos sobre las tablas y de una dirección de

actores tan pulcra en su precisión. La escenografía de Alain Ortiz

resulta de una espectacular desnudez. El suelo cubierto de gravilla y

los pocos objetos utilizados dejan el campo libre a la esgrima de las

ideas y las pasiones. Serena, exacta son los adjetivos que merece la

banda sonora, firmada por el propio Celdrán. En el diseño de luces,

Manolo Garriga consigue hacer recordar la atmósfera de una filmación

cinematográfica. Logra, además, que la iluminación colabore con el

flujo de los debates y las emociones.

 

El director apostó a la eficacia de su elenco que debió llenar un

dilatado espacio y conferir vitalidad a un texto fluido pero abundante,

complejo. En sus breves narraciones, descorriendo el imaginario telón

de cada escena, Ileana Rodríguez apela a una gestualidad coherente con

la precisión metafórica del montaje, pero deberá perfilar su decir, por

momentos atropellado o inexacto. José Luis Hidalgo —un actor que he

elogiado en otras ocasiones por su capacidad para las

caracterizaciones—asume en esta ocasión dos personajes. En la primera

escena vuelve a convencer por la vivacidad de sus transiciones. En el

rol del juez, podría buscar más matices para la severidad del censor.

 

La versatilidad, el oficio y el encanto de Pancho García confieren al

espectáculo unas gotas de peculiar humor, de sutil grotesco que se

equilibran magistralmente con la agónica biografía de Pasolini.

Complementando la sabiduría de Pancho, dos jóvenes actores colaboran

con el ritmo eficaz de la puesta. Caleb Casas ha perfilado sus

posibilidades histriónicas y logra una cadena de acciones límpidas,

junto a un trabajo contenido, creíble en el plano emotivo. Fidel

Betancourt enfrenta el papel más difícil de su breve carrera y lo saca

adelante con sinceridad e inteligente distribución de su energía. Es de

esperar que con la sucesión de las funciones logre la ligereza, la

fluidez que no consigue del todo a partir de la segunda mitad del

espectáculo.

 

Párrafo, aplauso y reflexión aparte merece la labor protagónica de

Alexis Díaz de Villegas. Estamos ante la consagración, el arribo a la

madurez de un intérprete. La ejemplar interiorización, la casi mágica

alternancia entre la palabra, el gesto y el silencio, el virtuoso

decir y, sobre todo, la sabia integración del pensamiento y el alma

atormentada de su protagonista convierten a su caracterización en todo

un acontecimiento en nuestro panorama teatral. Gracias a la entrega de

Alexis, a la rotunda puesta de Celdrán, la escena cubana rinde homenaje

al talento, a través de una apropiación del legado del indomable

Pasolini.

 

C. de La Habana, Granma, Lunes, 26 de abril, 2004.

 

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