Reino dividido
original de Amado del Pino

dirección artística y general: Carlos Celdrán
estreno absoluto: viernes 12 de febrero de 2010 - 8:30 pm
sala Argos Teatro
funciones de viernes a domingos en horarios habituales hasta finales de febrero
-Elenco-
Miguel Hernández:
José Luis Hidalgo
Pablo de la Torriente Brau: Lieter Ledesma
Josefina Manresa, María Zurdos, Lía: Yuliet
Cruz
Teté Casuso, Soldado: Yailín Coppola
Maruja Mallo, Soldado, Josefina Fenoll, Ruth, Pepito
(niño): Edith Obregón
Soldado, Elvira, María Zambrano, Güiqui:
Verónica Díaz
Ramón Sijé, Soldado, Cossío, Jesús Poveda, Raúl Roa,
Preso: Waldo Franco
Carlos Fenoll, Soldado, Preso (amigo de Pablo), Ramiro
Valdés Daussá, Carcelero: Alexander Díaz Peña
Aleixandre, Manuel Altolaguirre, Lorca, Soldado, Padre
Almarcha, Carlos Prío: Pancho García
Asistente de dirección: Yeandro Tamayo
Diseño de Luces: Manolo Garriga
Diseño de Vestuario: Vladimir Cuenca
Diseño de espacio: Argos Teatro
Diseño de banda sonora: Carlos Celdrán
Maquillaje: Mandy Corbo
Utilería: Alexis Avilés
Producción: Jorge de la Garza
Dirección artística: Carlos Celdrán
-fotos: Pepe Murrieta-
|
En el año 1936 muere durante una batalla en Majadahonda, un poblado cercano a Madrid, durante la Guerra Civil española, el periodista, novelista, cuentista y destacado cronista revolucionario cubano, nacido en Puerto Rico, Pablo de la Torriente Brau, pocos días después de haber cumplido sólo 35 años de edad. El gran poeta español Miguel Hernández, cuya obra muchos cubanos repitieron de memoria a través de las acertadas canciones con sus letras popularizadas por Joan Manuel Serrat hace ya algún tiempo, asistió al entierro de su amigo, y delante de la fosa leyó parte de la Elegía Segunda: "Me quedaré en España, compañero, me dijiste con gesto enamorado. Y al fin sin tu edificio tronante de guerrero en la hierba de España te has quedado." La guerra, la afiliación política y la especial sensibilidad de estos dos hombres de letras, palabras y acción, les unió durante un periodo cercano a la muerte de ambos, pues Miguel Hernández falleció en prisión 6 años después que Pablo, específicamente en Alicante, en 1942. Desde 2006 Amado del Pino y su inseparable compañera, la investigadora Tania Cordero, viajaron a España a recuperar y redescubrir la historia relacionada con la amistad, las circunstancias y hasta las contradicciones ideológicas de estos dos hombres. Sus exhaustivos estudios condujeron a que Amado escribiera este ahora ya concluido texto teatral, proyecto del que en anteriores ocasiones fueron presentadas en nuestra ciudad una primera lectura dramatizada en el Centro Pablo, y luego una puesta en espacio. Después de una larga y provechosa travesía intelectual, a finales del 2009 Amado envió a Celdrán desde el español poblado de Orihuela donde ha estado residiendo, su texto dramático definitivo para sólo poder llegar a sorprenderse, positivamente según confesó, cuando asistió a uno de los ensayos generales de la puesta en escena la noche del viernes 5 de febrero de 2010. Nueve actores en escena narran durante una hora treinta minutos -sin el recurso de los reiterados apagones para fijar los cambios de escena- varios fragmentos independientes, en los que las dos figuras protagónicas intercambian y "viven" con sus esposas, amantes o amigas (Josefina Manresa, Teté Casuso) o con amigos especiales como lo fue para Miguel Hernández su compatriota Ramón Sijé, y otras figuras con las que compartieron la época y las circunstancias, entre ellos Federico García Lorca, el político cubano Raúl Roa, la filósofa y ensayista española María Zambrano, Ruth de la Torriente Brau, o Maruja Mallo, una de las más conocidas representantes de la pintura vanguardista madrileña de entonces, particularmente del Surrealismo, entre otros personajes. Nueve sillas, una pequeña mesa, y otros pocos elementos aparecen oportunamente en la cámara negra donde se mueven los intérpretes. La precisión en el diseño de iluminación y una banda sonora de escasa aparición contribuyen a la sobria atmósfera, que deja lugar a emotivas escenas, pero con marcado recogimiento, sin dudas impuesto por la excelente dirección de actores, los cuales modifican su vestuario, simple e imprescindiblemente, como tildes en palabras que con ellas cambian de significado. Teatro sin adornos, hay muy poco margen de error para que el público se distraiga de lo sustancial. No hay, al menos en la función a la que asistí, ni un sólo integrante del equipo de actores que desentone o se desnivele. Lezama Lima dijo en cierta ocasión que "clasificar es limitar"; por eso, entre otras razones, ante la interrogante de si es esto teatro político, prefiero posponer la respuesta. Tal y como muchas otras puestas en escena, películas, novelas o cuentos no pueden desprenderse de este contenido por más que se lo propusieran, en Reino Dividido hay política, pero sin proclamas, ni manifiestos. Hay, sin dudas, un discurso de abundantes reflexiones, sustentadas en limpia poética escénica: la relectura, a la manera de dos teatristas cubanos, sobre el sólido pensamiento y la grandeza humana de Miguel Hernández y Pablo de la Torriente Brau. |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
| -Crónica y fotos: Pepe Murrieta- | |
NOTAS AL PROGRAMA DE MANOS
Reino que hermana y contrapone
por
Ulises Rodríguez Febles
Trágica, inmensamente trágica es Reino dividido. Un torrente de límpida
agua que se trueca con la desesperación, con la alegría y con la sangre.
La sangre que lo culmina todo, la vida, los sueños, la lucha de los
hombres por sus ideas, por la justicia. Pablo y Miguel; España, la Isla de
Cuba, el mundo, en un texto eminentemente teatral, un drama de la amistad
y el amor, pero también de la violencia engendrada por la guerra, que lo
envuelve, lo trastoca todo. Una espiral que perturba la justicia, que a
veces la demuele. Drama en el que los hombres se retan a sí mismos, a sus
fuerzas, a la vida que pudieron tener en la paz. Auténticos luchadores por
sus ideas, enfrentan la existencia con orgullo y ni la propia muerte los
doblega, sino que los levanta, con sus actos, con la belleza del arte, con
su dignidad intacta ante el encierro.
Desde las páginas de esta obra crecen las biografías de dos seres que se
develan como soplos de viento que nos llegan desde el Caribe insular, o
desde los campos levantinos. Crecen, para fundirse en la tierra española
como huella permanente y eterna. Mestizaje de acentos, de culturas, de
complejas psicologías, de luchas incesantes y anhelos inconclusos. Todo en
ellos se hermana: el asedio de las balas, la copla y la décima, los
versos, el deporte, los himnos, la necesidad de testimoniar y a la vez
hacer olvidar la guerra, los sueños, las frustraciones, las alegrías, el
pasado, el presente y el futuro. Todo se hermana y contrapone en ellos;
hace hermosa la amistad de dos hombres diferentes y a la vez iguales: a
veces incomprendidos, por necesarios; apasionados y líricos hasta la
médula, controvertidos, definitivamente humanos como para conmover al
espectador. La estructura dinámica, orgánica, vital revela las
particularidades de la dramaturgia de un Amado del Pino y a la vez, otro:
resultado de una aguda investigación histórica y literaria, de la mezcla y
la yuxtaposición de la belleza de su palabra, con lo intertextual como
recurso para provocarnos desde el lirismo de la poesía popular, desde la
propia obra de Miguel Hernández y la prosa de Pablo de la Torriente Brau.
Reino dividido es síntesis profunda de un momento de la enorme historia de
un país desgarrado y convulso, donde héroes, soldados y poetas se debaten
en su dualidad y asumen el rol del contexto que les tocó vivir: un país
hirviente como volcán, pero sin dejarse ganar por las adversidades,
iluminados e iluminando a todos con el placer, que aún en la devastación
entregan a los demás.
En una dimensión trágica y épica, del Pino nos propone un desenlace que
sólo la posteridad salvará para los derrotados de la gesta: un torbellino
oscuro donde un poeta, un pastor de Orihuela, un hombre que se desgarra y
lucha por una idea, que se hace hermano de otros hombres y nunca deja de
ser él, oliendo a pólvora, a muerte, se levanta de la historia, redentor,
abatido y luminoso, con su lujuria detenida, sus contradicciones, con sus
versos que corren por su sangre y lo saturan, lo hacen estallar en una
metáfora trascendental, contemporánea, en la que también, desde Majahonda,
oliendo a Santiago, el otro, El Cubano, se erige como el ser que fue –para
abrazados– caminar sobre la tierra disparando versos y balas, todavía…
Breve
mapa de rostros y pasiones
por Amado del Pino
Si delante de un texto las palabras introductorias del autor suelen estar
de más, ante todo un espectáculo a punto de estallar en la piel, la
pasión, los gritos o murmullos de los actores este tipo de preámbulo
resulta todavía más prescindible.
Me permito aquí unas líneas sólo para dar testimonio de cómo se me fueron
“apareciendo” los personajes, los conflictos, las situaciones en medio de
una investigación detallada, que llevé a cabo– como tantas cosas de mi
alma- junto a Tania Cordero y que contó con la valiosísima colaboración
del Centro Pablo en La Habana y de la Fundación Miguel Hernández en
Orihuela. Sin el impulso inicial de Estrella Díaz, Víctor Casaus y María
Santucho en nuestra capital o sin la buena fe de Juan José Sánchez
Balaguer o de Aitor Larrabide de abrirme las puertas en España, esta obra
o bien no existiría o fuera otra. También ha resultado decisivo que el
diálogo con Argos Teatro se produjera a lo largo del proceso de
investigación y escritura. Además de sus consolidados méritos como
director, cada vez más reconocidos dentro y fuera de Cuba, Carlos Celdrán
es un escritor, un hombre de la reflexión, un lector voraz y analítico.
Nadie mejor para llevar a las tablas un texto sobre dos escritores.
Yo partí de vidas intensas, apasionadas y que se entrecruzan fugazmente
pero en medio de una gesta inolvidable. Estaba claro que con los puntos de
encuentro reales entre Pablo y Miguel no me bastaba, que debería imaginar,
suponer, construir. También arranqué con la certeza de que asomarían la
oreja los temas esenciales y recurrentes del resto de mi teatro. Suponía,
además, que el debate sobre la utilidad social del arte, el derecho a la
selección individual de una fe o una manera de pensar, la vieja y
actualizada diferencia entre los que son coherentes con sus ideas y los
que se parapetan tras el oportunismo tendrían el sabor, la urgencia, el
palpitar de cosas que se discuten hoy. Contaba con la ventaja, el lujo, el
camino adelantado de que en la dramaturgia cubana existía el gran
antecedente de la indagación escénica de Abelardo Estorino sobre nuestro
poeta José Jacinto Milanés.
Ahora me pongo esquemático porque la función está al comenzar y debo
compartir estas pistas, algunas de esas cosas que me fueron interesando y
pueden ayudarte a dialogar mejor con la puesta en escena.
Pablo de la Torriente Brau amó mucho a Teté Casuso. Fue su continua
inspiración, pero esa relación apasionada debió pasar por desencuentros,
dudas, despedidas, suspicacias. Gracias a la investigación realizada en el
Centro Pablo sobre el tema, supe además de un tímido pero poderoso romance
con su amiga, profesora de inglés, y me fasciné con esa estrategia –tan
pabliana- de rescribirle a la enamorada las películas que veían juntos. No
me gustó que se sepa muy poco de Teté. A decir verdad no fue una buena
escritora y tal vez tampoco la mejor viuda, pero Torriente la amó y su
propia vida grafica bien una parte de nuestra historia en el siglo XX.
Se cuenta con razón la belleza épica de Pablo al irse a la Guerra de
España. Como dramaturgo me interesaba contrastarla con la despedida de su
mujer y recordar que para algunos de sus compañeros su deber estaba en
Cuba, donde se intentaba una variante democrática tras los días de la
lucha contra el dictador Machado.
Siguiendo con los amores. La relación de Miguel Hernández y Josefina
Manresa se sostuvo por encima de diferencias y tentaciones. En varios
autores –donde mejor, en la biografía de José Luis Ferris que ahora
podremos leer en Cuba- encontré la pista de amores, hechizos, sensaciones
más o menos fugaces. Al parecer, más que un posible donjuanismo de Miguel
estaba el hecho objetivo de que Josefina –con ese acento común del pueblo
que al poeta le despertaba legítima “querencia” y a pesar de ser su ideal
de mujer para el hogar, los hijos, la almohada que la fatiga reclama–
debía competir con el cuerpo ardoroso y las ideas avanzadas de la pintora
Maruja Mallo que –como la, tan querida entre nosotros, filósofa María
Zambrano– le ofrecían una conversación y una compañía intelectual que la
modista de Orihuela no podía brindarle.
Otro tema conflictivo, sentimental, dramático es el de la relación de
Hernández con su amigo Ramón Sije “con quien tanto quería”. Leyendo a
Miguel o cantando la “Elegía” –¡Oh, Serrat!– uno tiende a suponer al amigo
mayor en edad que Miguel. Aitor me recordó que Pepito Marín– que así se
llamaba antes de “ponerse” el más sonoro Sijé como nombre literario- era
unos tres años más joven que el poeta. También les unían y les separaban
muchas cosas y –al percatarme de eso– supe que escribiría sin falta esta
obra. La muerte de Pepito-Sijé sorprende a Miguel distanciado del amigo al
que tanto le debía, el que le abrió las puertas de una cultura y de una
familia. Por eso no es una elegía al uso, porque primero que todo acusa
recibo de un conflicto y de un desencuentro. ¿Quién iba a suponer, siendo
tan jóvenes, que no les quedaría tiempo para reconciliarse y “hablar de
tantas cosas”?
Muy caro me resultó también el menos conocido personaje de Carlos Fenoll.
Panadero, poeta en sus inicios de un talento similar al de Miguel, no va
hacia la muerte ni hacia el exilio, sino hacia la amargura de una vida
mediocre y de tristes copas. La imagen de Fenoll quemando cartas de su
amigo Miguel expresa como nada la idea de un Hernández perseguido por los
tópicos tanto como por la desdicha; encerrado y ultimado por la derecha
vencedora de la guerra y desteñido por cierta izquierda que lo ha usado
como bandera sin aquilatar la variedad y excelencia de su obra.
Hay mucho más, pero la función debe comenzar. Me callo, voy hacia el fondo
de la sala. Pásenla bien. Uno no tiene todos los días la oportunidad de
ver una puesta en escena de Carlos Celdrán.
más información en www.argosteatro.cult.cu