CON
PERMISO DE VIRGILIO
Palabras pronunciadas por la editora Ana María Muñoz
Bachs en la presentación de la segunda edición de Teatro completo de
Virgilio Piñera, en la XVI Feria Internacional del Libro de La Habana,
el 18 de febrero de 2007.
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Hoy presentamos un libro que siempre será buscado,
que siempre resultará necesario para tantas y tantas nuevas generaciones,
un libro del que por mucho tiempo carecimos y que hoy llega a su segunda
edición, me refiero al Teatro completo de nuestro gran
Virgilio Piñera. Y digo
segunda edición aunque no olvido una primera, que apareció publicada por
Ediciones R muy al principio de la década del 60, que se llamó también,
porque por entonces lo era, Teatro completo, y que incluía las siete obras
virgilianas que hasta entonces él había creado. Venían antecedidas por un
prólogo suyo que bautizó como “Piñera teatral”, y eran las siguientes:
“Electra Garrigó”, “Jesús”, “Falsa alarma”, “La boda”, “El flaco y el
gordo”, “Aire frío” y “El filántropo”.
En 1989, exactamente diez años después de la muerte de Virgilio, el
destacado teatrólogo Rine Leal entregó a la editorial Letras Cubanas los
originales del Teatro completo; para ello trabajó Rine de modo acucioso y
arduo en la compilación de las obras, además de antecederlas con un
valioso prólogo. Sin embargo, el fruto de tantos esfuerzos solo pudo ver
la luz en el año 2002, básicamente debido a los rigores del llamado
Período Especial. Así, ni Rine Leal ni Virgilio Piñera estaban vivos para
entonces, ninguno de ellos pudo disfrutar de tan importante
acontecimiento. Sus amigos y admiradores asistimos, alegres y también
pesarosos, a la presentación del volumen.
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| Ana Mª Muñoz Bachs junto a Abelardo Estorino y Omar Valiño, sesión en que leyó este texto. -Foto Pepe Murrieta- |
Si quisiéramos conocer cuántas obras teatrales más salieron de la
creación virgiliana en el período comprendido entre 1960, fecha de la
aparición del Teatro… de Ediciones R, y octubre de 1979, año de su
fallecimiento, bastaría una simple operación matemática para darnos cuenta
de que –para referirnos solo a la producción dramatúrgica--, escribió
trece nuevas piezas, y es bueno aunque triste añadir que sobrarían dedos
de una mano para contar las que vio representadas. Luego lo han sido, y
nadie duda que seguirán subiendo al escenario.
Virgilio Piñera trabajó incesante hasta el fin de su existencia. Trabajar
debe entenderse en su caso a la escritura de poemas, cuentos, novelas,
obras teatrales, ensayos, crónicas, donde brillan talento, cultura, buen
gusto, dominio del idioma, sin olvidar por supuesto su imaginación
increíble y desbordada que no todos fueron capaces de entender, un modo
absolutamente inusual de ver la realidad, y de volcarla en tantas y tantas
páginas para crear un mundo diferente, tan peculiar, tan suyo. Se
levantaba temprano, y después de colar el primer café del día y encender
el también primer cigarrillo, sentía, agobiante, el llamado de su vieja
máquina de escribir, de aquellas duras teclas que pedían de su dueño y
señor abandonar por un tiempo la condición de inertes artefactos
metálicos, de representaciones, cada uno, de una letra del alfabeto, que
exigían de él las combinara con acierto en líneas, frases, ideas, tramas…
Virgilio, como tantos, enfrentaba cada mañana el terror de la página en
blanco, como tantos buscaba subterfugios para eludirla, se levantaba,
reincidía en el café, encendía otro cigarro, miraba por la ventana, tal
vez anhelando deshacerse, al menos en aquel momento, del peso que
representaba la creación. A veces, si llamaban a la puerta, sentía aquel
toque como una tabla de salvación, así nos lo contó en “Un jesuita de la
literatura”, cuando recibió la visita de un fumigador a quien por todos
los medios deseaba retener para no verse obligado a retornar a su silla de
trabajo. Pero por supuesto que, pese a los miedos que lleva en sí la
creación literaria, escribía, porque escribir era la casi única razón de
su estadía en este mundo, pues con la vida de su creación escapaba de la
vida otra, de esa que tan duramente lo trató, que resultó para él como
aquella pampa de granito de que nos habló José Enrique Rodó en hermosa
parábola. Porque Virgilio, desde sus comienzos, fue un incomprendido.
Además del amor materno, ese que difícilmente nos falla, contó desde la
infancia con su hermana Luisa, quien le ofreció apoyo en todo momento. La
pobreza, las vicisitudes cotidianas, envolvieron siempre a su familia, les
hicieron “malvivir al día”, y todo esto lo volcó en su gran pieza
dramática Aire frío, que va más allá de la personificación de los suyos
para convertirse en retrato de miles de familias cubanas de la época.
Buscó soluciones que nunca cristalizaron, viajes a la Argentina,
esperanzas que poco duraban. Él mismo nos dejó dichas con tres letras
consonantes las causas de su sino fatal, lo persiguieron siempre las tres
p: pobre, poeta, pájaro… Además de la escritura, debió ganarse el pan con
las más disímiles tareas, casi siempre en el terreno cultural. Así, buena
parte del día la ocupaba en traducir, también realizó trabajos de
corrección de galeras y planas en la editorial Arte y Literatura, y nunca
logró alcanzar un salario digno. Vivía y vestía con humildad, jamás le
sobró algo que no fuera talento.. Gran conversador, gustaba de las
criollas visitas, de la puntualidad inglesa, que llevaba a la exageración,
del chiste, y también, con quien fuera de ello merecedor, de la
conversación profunda y seria. Susceptible en extremo, y de difícil
carácter, solía pelearse con amigos y conocidos por nimiedades y
malacrianzas propias de un niño que “hunde el dedo en el helado de fresa”,
para después, pasado algún tiempo, salvar la trunca relación. Fumaba sin
cesar, y cuando le “tocaban en la cuota” cigarros que tuvieran filtros,
los desprendía cuidadoso y los iba reuniendo, junto con los que sus amigos
le guardaban, para luego teñirlos con azul de metileno o mercurocromo y
meterlos en pomos que servían de adorno.
Las noches eran también de vida cultural, cines, teatros, exposiciones,
solo a veces, casi siempre acompañado por buenos amigos. Con la frente
alta entraba a todas partes, algunos lo saludaban con mayor o menor
efusión, otros le daban el esquinazo como si fuera un apestado. Pero jamás
permitió que se le aislara socialmente, siempre retó la ruindad.
Amó mucho a su Patria. Después de su muerte conocí una anécdota que me
conmovió. En una de esas ocasiones en que la familia se reúne y conversa
sobre los más variados temas, Virgilio dijo, como de pasada, algo que
habría de tornarse solemne: “Cuando me muera, quiero que cubran mi
féretro con una bandera cubana.” Los aludidos no dieron importancia a
sus palabras, tan lejana veían la posibilidad del deceso. Pero sucedió,
todos lo sabemos, y ya en la funeraria su sobrino Juan recordó aquellas
palabras, y le fue colocado un sello con la bandera en la solapa del saco
que vistió para su último viaje. Por eso desearía mucho poder pedirle a
Virgilio que me permitiera sustituir aquellas tres pes suyas por otras
tres consonantes, tres letras c, que mejor habrían de caracterizarlo:
cubano, cubano, cubano.