Tartufo y Raquel: clásicos que regresan

 
Por: Amado Del Pino
27 -03 -2003  (tomado de CUBARTE)

 

En el teatro cubano de los últimos cinco lustros decir Teatro Estudio evoca inmediatamente tradición, rigor, repertorio, experimentación, solidez estética y otra larga serie de venerables certezas. Ahora, cuando se celebran los 45 años de la compañía, su fundadora, Raquel Revuelta, nos trae Tartufo, el superclásico de Moliére que sirve de apertura a la preciosa sala Llauradó, de 11 entre D y E, en el Vedado, en el capitalino municipio Plaza.

Para los cubanos de las últimas dos o tres generaciones, el nombre de Raquel es casi sinónimo de gran actriz. Fama bendecida además, por sus inolvidables apariciones en televisión y su desempeño esencial en la pantalla grande. Como directora de escena ha manifestado preferencia por los grandes textos y especial atención a la dirección de actores.

Aunque robe unas líneas al análisis del espectáculo que nos ocupa, no puedo dejar de recordar la importancia de que este acontecimiento se produzca en una sala bien equipada y de dimensiones ideales para el hecho teatral. Además saludar, una vez más, que esa instalación lleve el nombre de Adolfo Llauradó, uno de nuestros más grandes actores, que mucho tuvo que ver con algunas de las mejores puestas en escena que atesora la historia de Teatro Estudio.

El Tartufo que nos propone Raquel respeta la letra de Moliére y los guiños de la actualidad, dentro de la siempre vigente historia del falso beato, del impostor extremista, están dados con buen gusto y sin pretensiones de reescritura. Se agradece esa vocación, pues en un autor de probadísima teatralidad como el francés, adecuar, agregar, transformar demasiado, suele lesionar la almendra de una comicidad legitimada por siglos de carcajada y reflexión.

Estamos ante un montaje sobrio, limpio, voluntariamente escueto. El hermoso ámbito escenográfico, firmado por el maestro Raúl Oliva y un equipo creador, permite que las ricas situaciones del clásico fluyan en un espacio único. Hubiese preferido más destaque para la poderosa y muy teatral escultura de Ramón Casas, que ahora compite con telones pintados con mucha gracia, pero más bien decorativos. Abundan la sabiduría y la precisión en la utilización de la espléndida música de Jorge Garciaporrúa. El vestuario cita la época, también de forma sintética, y la ambientación se centra en los objetos que aportan al dinámico juego escénico.

Un amplio elenco, en el que coinciden experimentados y debutantes, desencadena la comedia. Mario Aguirre ratifica su capacidad para hacer reír también con las armas de la mesura y los matices. Osvaldo Doimeadiós borda una cadena de acciones detallada y convincente. Queda claro que se trata de un actor virtuoso y no solo de un humorista de éxito. Lástima que el buen decir de Alina Cañizares no se corresponda con una búsqueda mayor en el plano físico y que la muy joven Sandra Padrón enturbie su agradable desplazamiento con cierta ingenuidad en la proyección de la voz. Ulyk Anello y Alain Chaviano dan pruebas de sinceridad y energía, aunque el segundo apresura algunos de los textos, sobre todo en su primera aparición sobre las tablas. Por el contrario, Alina Rodríguez no pierde la posibilidad de sacar partido de una sola palabra o tarea de su papel.

Decisiva resulta para el formidable ritmo que alcanza la puesta en escena la honda, orgánica y plena caracterización de Verónica López. Otras veces he celebrado el ímpetu y el encanto de Verónica, pero señalando el peligro de excederse, de buscar la risa más allá de los límites del personaje. Ahora su labor resulta contenida y del todo eficaz. También René de la Cruz (hijo) muy convincente como portador de las ideas y las verdades que el dramaturgo, con ejemplar tino, va transmitiendo al espectador.

Un aplauso para este Tartufo y otro para el regreso de Raquel Revuelta a nuestros escenarios. Nos será muy útil que Raquel cuente la historia de nuestro teatro en el último medio siglo, o que persista en su vocación de pedagoga, pero nada conmueve tanto como su decisión de volver a arriesgarse, ensayar, estrenar, abrir una sala, reiniciar la magia arriesgada del teatro.
 
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