En el teatro cubano de los últimos
cinco lustros decir Teatro Estudio evoca inmediatamente
tradición, rigor, repertorio, experimentación, solidez estética
y otra larga serie de venerables certezas. Ahora, cuando se
celebran los 45 años de la compañía, su fundadora,
Raquel Revuelta, nos trae Tartufo, el superclásico de
Moliére que sirve de apertura a la preciosa sala Llauradó, de 11
entre D y E, en el Vedado, en el capitalino municipio Plaza.
Para los cubanos de las últimas dos o tres generaciones, el
nombre de Raquel es casi sinónimo de gran actriz. Fama bendecida
además, por sus inolvidables apariciones en televisión y su
desempeño esencial en la pantalla grande. Como directora de
escena ha manifestado preferencia por los grandes textos y
especial atención a la dirección de actores.
Aunque robe unas líneas al análisis del espectáculo que nos
ocupa, no puedo dejar de recordar la importancia de que este
acontecimiento se produzca en una sala bien equipada y de
dimensiones ideales para el hecho teatral. Además saludar, una
vez más, que esa instalación lleve el nombre de
Adolfo Llauradó,
uno de nuestros más grandes actores, que mucho tuvo que ver con
algunas de las mejores puestas en escena que atesora la historia
de Teatro Estudio.
El Tartufo que nos propone Raquel respeta la letra de Moliére y
los guiños de la actualidad, dentro de la siempre vigente
historia del falso beato, del impostor extremista, están dados
con buen gusto y sin pretensiones de reescritura. Se agradece
esa vocación, pues en un autor de probadísima teatralidad como
el francés, adecuar, agregar, transformar demasiado, suele
lesionar la almendra de una comicidad legitimada por siglos de
carcajada y reflexión.
Estamos ante un montaje sobrio, limpio, voluntariamente escueto.
El hermoso ámbito escenográfico, firmado por el maestro Raúl
Oliva y un equipo creador, permite que las ricas situaciones del
clásico fluyan en un espacio único. Hubiese preferido más
destaque para la poderosa y muy teatral escultura de Ramón
Casas, que ahora compite con telones pintados con mucha gracia,
pero más bien decorativos. Abundan la sabiduría y la precisión
en la utilización de la espléndida música de Jorge Garciaporrúa.
El vestuario cita la época, también de forma sintética, y la
ambientación se centra en los objetos que aportan al dinámico
juego escénico.
Un amplio elenco, en el que coinciden experimentados y
debutantes, desencadena la comedia. Mario Aguirre ratifica su
capacidad para hacer reír también con las armas de la mesura y
los matices. Osvaldo Doimeadiós borda una cadena de acciones
detallada y convincente. Queda claro que se trata de un actor
virtuoso y no solo de un humorista de éxito. Lástima que el buen
decir de Alina Cañizares no se corresponda con una búsqueda
mayor en el plano físico y que la muy joven Sandra Padrón
enturbie su agradable desplazamiento con cierta ingenuidad en la
proyección de la voz. Ulyk Anello y Alain Chaviano dan pruebas
de sinceridad y energía, aunque el segundo apresura algunos de
los textos, sobre todo en su primera aparición sobre las tablas.
Por el contrario, Alina Rodríguez no pierde la posibilidad de
sacar partido de una sola palabra o tarea de su papel.
Decisiva resulta para el formidable ritmo que alcanza la puesta
en escena la honda, orgánica y plena caracterización de Verónica
López. Otras veces he celebrado el ímpetu y el encanto de
Verónica, pero señalando el peligro de excederse, de buscar la
risa más allá de los límites del personaje. Ahora su labor
resulta contenida y del todo eficaz. También René de la Cruz
(hijo) muy convincente como portador de las ideas y las verdades
que el dramaturgo, con ejemplar tino, va transmitiendo al
espectador.
Un aplauso para este Tartufo y otro para el regreso de Raquel
Revuelta a nuestros escenarios. Nos será muy útil que Raquel
cuente la historia de nuestro teatro en el último medio siglo, o
que persista en su vocación de pedagoga, pero nada conmueve
tanto como su decisión de volver a arriesgarse, ensayar,
estrenar, abrir una sala, reiniciar la magia arriesgada del
teatro.
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