Desempolvar un clásico, quitarle el olor a humedad y naftalina, reducir 34 escenas de cinco actos a una puesta dinámica y coherente, muy del siglo XXI, en una comedia como acabada de escribir, sin atentar contra los cánones éticos y estéticos de un clásico, es labor difícil, muy difícil, pero cuyo éxito le ha valido ser seleccionada como una de las propuestas del XI Festival Internacional de Teatro de La Habana. Ante todo hay que enfrentar genio al genio, talento al talento y un ingenio superlativo para no sucumbir ante el peso aplastante de los siglos y tartufos. Nadie mejor que Raquel Revuelta para enfrentarse a esta batalla teatral contra los molinos de viento en el universo de las artes escénicas. Raquel es soberana e inexpugnable, pero ante todo una revolucionaria en cada poro de la piel en la acepción más infinita de la palabra. Por ello, su Tartufo –el de Molière- impone códigos y resume la esencia de una directora que domina la artesanía teatral, conceptualiza y recontextualiza no solo la hipocresía, sino quienes no pretenden ver más allá de sus narices, en todos los entresijos. A la escena de la sala Adolfo Llauradó, en 11 entre D y E, en el Vedado, entró Tartufo por la puerta grande, de la mano de Raquel Revuelta, para celebrar, entre risas, carcajadas y atención reflexiva, el cuarenta y cinco aniversario de la creación de Teatro Estudio, compañía dirigida por la eximia actriz. Desde el inicio de la puesta, actores y público están en situación y el diálogo entre ambos fluye incontenible, a partir de la solidez de la estructura del montaje, en el cual cada acción, frase o gesto poseen la precisión de un cronómetro, aun cuando ello no lacera la espontaneidad, ni atenta contra la gracia sutil a veces, en otras desbordante de humor. Aprecio osadía, sin retos petulantes, a partir de una dirección muy inteligente. Un elenco de primeras figuras responde a los requerimientos de un montaje excepcional. Mario Aguirre lleva al espectador a situaciones/límite de la jocosidad en una interpretación aparentemente muy discreta y contenida, cargada de intenciones en sus modos de hacer, en sus pautas conductuales en ese juego de ajedrez invisible donde la reina mueve los peones (criaturas), quienes a la vez siguen sus estrategias con una táctica de sorprendentes argucias. El Tartufo de Mario es cínico, pero simpático, deleznable, pero humano. No sufre el desgaste del maniqueísmo, sin dejar de ser un personaje negativo, cuyas dobleces merecen el desprecio pero la hilaridad se impone, porque está implícita en el espíritu molieresco. Osvaldo Doimeadiós encarna con sumo acierto el personaje de Orgón. vencido y convencido por las adulaciones del taimado protagonista. Muestra un total desdoblamiento con transiciones muy orgánicas y aporta pinceladas sagaces y oportunas. En Madame Pernelle, Alina Rodríguez desempeña una brillante labor, en una transfiguración escénica absoluta como la vital anciana que constituye uno de los pilares de la puesta. Alina Cañizares asume con discreción el rol de Elmira, el cual debe interiorizar más profundamente y otorgarle matices más enriquecedores. Ulick Anello, en su personificación de Damis (hijo de Orgón) incorpora gran fuerza dramática a sus intervenciones, con una total coherencia en su cadena de acciones. René de la Cruz (hijo) caracteriza con sumo acierto a Cleanto, cuñado de Orgón, en una construcción muy válida del personaje, denotando su oficio actoral. Sandra Padrón y Ludmila Alonso muestran el rostro de Mariana (hija de Orgón) desde dos ángulos diferentes, pero coincidentes en cuanto a la valoración de sus reacciones y motivaciones, pues lo significante aflora en ambas. Tanto la música de Jorge Garciaporrúa, como el diseño de luces de Carlos Repilado, unidos al diseño escenográfico, con elementos sugerentes y funcionales (Raúl Oliva, Graciela Fernández, Mayo Niels del Rosario, Talleres de Tecnoescena y Ramón Casas) contribuyeron a la recreación de una atmósfera evocadora de la época, subrayada en el vestuario, en este Tartufo de hoy, a la manera magistral de Raquel Revuelta en evidente complicidad, a pesar de los siglos con Jean Baptiste Poquelin. Porque Molière está presente en este feliz acercamiento al hipócrita de los hipócritas, con su burla secular a la Corte y al Rey Sol. |
tomado de http://www.tribuna.islagrande.cu/ octubre´03